Es cierto, la vida en Panamá, y sobre todo en la ciudad capital es cada vez más estresante: los congestionamientos vehiculares son más intensos que en años anteriores; la comida sube; los servicios básicos suben; el transporte sube; los salarios son bajos y los descuentos en el cheque de quincena altos.
Encima de eso, se dan las ocasionales peleas conyugales, los hijos de repente no se portan bien, o sacan una mala nota. Puede que el vecino sea un escandaloso, y que los acreedores nos llamen constantemente para recordarnos que les debemos. En fin, hay momentos en que parece que todo está en nuestra contra.
Pero siempre hay que mantener la compostura. Algunos de nosotros -erróneamente- canalizamos todo ese estrés en agresión hacia nuestros seres queridos.
Nos referimos a la agresión verbal, que en casos extremos se convierte en agresión física.
En la psicoterapia moderna, el control de la ira se ha puesto en boga, precisamente porque el ser humano en la sociedad moderna está sometido a tantas presiones externas e internas, que todos los días nos acercamos más a nuestro punto de quiebre.
Pero si bien la situación en la que vivimos muchos de nosotros hace comprensible por qué en ocasiones agredimos a nuestra pareja e hijos, no lo hace justificable.
Cuando sintamos que vamos a perder el control y salirle con una grosería a un ser querido, contemos hasta 10, y meditemos sobre las consecuencias de una pelea.
Casi siempre cuando nos salimos de nuestras casillas y lanzamos un golpe en nuestro entorno familiar, terminamos pidiendo perdón, y probablemente nos perdonen. Pero a medida que el comportamiento se repite, la confianza se va desvaneciendo, y ahí vienen las dolorosas separaciones.