Muchas veces cargamos la culpa de nuestros problemas a otros, incluyendo a Dios. Si bien el ser humano es el artífice de su destino, sus obras y sus acciones le conllevan a resultados malos o buenos; pero también es cierto que hay una divinidad que forja nuestros fines, por más que queramos alterarlos.
En el Budismo por ejemplo, se habla del destino; un destino que no es prudente ni conveniente cambiarlo. En la Ley del Karma se habla de la causalidad: ley de causa y efecto. En este sentido se dice que el ser humano, al desprenderse el espíritu del cuerpo, con la muerte, regresará o no a otro cuerpo, dependiendo de la forma como haya obrado en la vida que se deja: Si obra en odio y rencor, reencarnará cuantas veces sea necesario hasta que pague el sufrimiento causado por sus obras; hasta que aprenda a amar y perdonar; igualmente si obra con amor y perdón, con piedad y sin rencores, siempre haciendo el bien, entonces descansará en paz junto a la fuente de luz del cual se desprende: Dios.
Todas las religiones conciben a un Dios vengador sin analizar que Dios es amor y no se venga; somos nosotros mismos los que hacemos que la vida nos pague en la forma como actuamos. Pero se requiere de una contrición no de palabra sino de obra; una compunción que nos hace diferentes, que no nos deja volver hacer lo que nos ha causado ese remordimiento, y en base a ello cambiamos para el bien. Solo así podemos entonces conseguir la piedad y la misericordia de Dios.
En esta Teología se concibe el infierno como el sufrimiento que se sentirá, igual o más, por el que hicimos sentir. A diferencia de ello; el cielo es la felicidad, el amor, la paz y la armonía que alcanzamos cuando obramos con clemencia y cuando perdonamos a los que nos ofenden. Dios es un Omnipotente flujo de amor y felicidad que llega a quien sigue los pasos de JESÚS, a quien pone la mejilla, ama a su enemigo y paga con bien el mal que le hagan.