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La edad no puede ser un lastre

Antonio Ruiz Morales Periodista

Nadie nos prepara para la vejez, al igual que nadie tampoco nos enseña a afrontar una situación inesperada, como puede ser la ocasionada por un despido. Cuando se tienen más de cuarenta años y la situación del mercado laboral no facilita la vía para un nuevo empleo, todo resulta más complicado. Cuando se lleva toda una vida dedicada a un oficio, perder el trabajo se puede convertir en una tragedia. Gran parte de estas personas traducen su carta de despido como una partida de destierro. Es ahora cuando la edad supone un lastre para encontrar empleo. Aunque siempre se ha defendido que la experiencia y los años de formación reforzaban nuestras posibilidades.

En la mayoría de casos, este tipo de desempleados cumplen la función de cabeza de familia y son todavía la fuente de ingresos más importante del hogar. La pérdida de su trabajo trastoca las dinámicas de la vida diaria, puede llegar a provocar un cambio en los ritmos familiares y la manera de relacionarse entre sí, incluso de una pérdida de referencia de autoridad paterna o un cambio de roles que dificulte las etapas de madurez de los más pequeños de la familia. Además de que puedan experimentar ciertos desbarajustes emocionales al verse incapacitados en una situación extraña o no sentirse válidos para aspirar a un trabajo, a pesar de sus años de formación y bagaje cultural.

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Para este sector, el camino de regreso al mercado laboral es muy complicado de trazar. La edad, para muchas empresas, es el gran inconveniente a la hora de llevar a cabo procesos de contratación. El mercado “demanda” otros perfiles y los desempleados que reúnen estas características se encuentran arrinconados en el mapa laboral de este sistema socioeconómico.

Se han producido cambios en la filosofía empresarial, que antes valoraba la formación y la experiencia. Ahora no se apuesta por personas con alta capacitación, si tienen una edad avanzada, por los costes que supondrían para la empresa. Se prefiere la contratación de personas con edades más tempranas para ahorrar costes. Ya no se tiene en cuenta la experiencia de personas que ayudaban a crecer a la empresa y a la reputación de los trabajadores.

Al confeccionar los nuevos planes de ajustes de personal, muchas empresas reducen la plantilla en función del coste y abandonan activos tan cruciales como los años de experiencia y conocimiento del entorno laboral y el nivel de formación.

“Ni siquiera en momentos de crisis está justificada la gestión por el precio porque el activo más grande que tiene una compañía son sus recursos humanos. Las empresas que actúan así corren el riesgo de perder su identidad”, como asegura José Urquiza, de la consultora de recursos humanos Mercer. Con este fenómeno se malgastan veinte años de vida laboral. La franja de los trabajadores comprendida entre los 45 hasta que los 65 años se desaprovecha. Según la IE Business School, en esta etapa es donde la productividad del trabajador puede alcanzar “uno de los picos de productividad más alto de su vida profesional”.

Por esta razón, la antigüedad de los trabajadores en las empresas desciende.

Al excluir a un sector de la población que aún tiene tantas cosas que aportar, se rompe el principio de igualdad, que caracteriza a las sociedades que apuestan por el progreso social. Es curioso que, cuanto más crece la cualificación profesional, se extienden los estudios a través de másteres y otros complementos, mayor es el efecto emocional que se produce por sentirse desempleados. La familia y el círculo de amigos más próximo se convierten en el apoyo ante este bache que reduce las posibilidades de reincorporarse al mercado laboral por haber convertido la edad en una tara.

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