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El aparato de Filomeno para viajar a través del tiempo

Por: Fígaro Ábrego Crítica -

A sus 55 años, Filomeno García extrañaba a su hija, Diana García Casey, quien estudiaba veterinaria en la Universidad de Las Américas, en Puebla, México. El padre, abatido por la cabanga o tristeza ante la ausencia de su única hija, y no era para menos porque desde los seis años la cria.

Un matemático por excelencia, Filomeno García tenía un aparato que le tomó diez años planearlo y construirlo, detrás de su casa, donde edificó una habitación gigantesca y nadie entraba. Ni siquiera su hija.

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Admirador de la teoría de Alberto Einstein que se puede viajar a través del tiempo y espacio, el matemático santiagueño realizó su sueño y ahora solo faltaba probarla.

El fin de Filomeno García era ir hacia atrás para recordar cuando mimaba, cargaba a su hija, le daba biberón y la paseaba en coche. Quería volver a vivir los tiernos años de su descendiente.

No acepta que los hijos son prestados, debido a que crecen y tienen su propio futuro, identidad, además es necesario que prueben de la amarga bebida de la vida. No hay escapatoria en ese asunto, pero el matemático se negaba a reconocer su realidad, que envejecía mientras su hija se hacía adulta.

El viaje

La máquina tenía dos astas con 28 hélices cada una, 25 relojes, una palanca que tomó de un autobús, tres pedales, el del centro que era para frenar, el izquierdo para ir al pasado y el derecho para viajar al futuro.

El aparato medía 90 pulgadas de largo, 63 de ancho y 72 de alto.

Pero había un problema: cómo hacer que su hija entrara si estaba a cientos de kilómetros en un salón de clases en tierras aztecas.

El 4 de marzo de 2002, decidió hacer la prueba sin su hija, entró al aparato, lo encendió y la tierra empezó a temblar, las tejas se desprendieron, mientras Filomeno García programó el reloj principal en 1980, cuando su hija tenía dos años, la edad ideal de un bebé.

Una inmensa luz casi ciega al matemático, los números de los relojes no fueron hacia atrás sino hacia adelante, se movían tan rápido que era imposible saber a qué fecha se dirigían.

De pronto, las hélices se detuvieron, se abrieron y allí estaba Filomeno García en medio de un desierto, con unas esclusas carcomidas por el tiempo, casi ni había árboles y daba la impresión que estaba en lo que un día fue las esclusas de Miraflores.

El encuentro

Un paisaje triste, caliente en extremo y sin una mínima ventolina.

Miró el reloj principal que marcó el 4 de marzo de 2202, dos siglos después, y se suponía que vería a su hija de bebé.

-Es él-, escuchó el matemático, la voz de una mujer trigueña, ojos verdes y con cabello rizado.

-No me hagan nada. Solo quise ir hacia atrás para ver a mi hija pequeña.

-¿Qué nombre tiene tu hija?-, preguntó la mujer.

-Diana García Casey-, respondió.

-Mentira. Es imposible que la conozcas. Vienes a robar agua. ¿Y esa vestimenta vieja?-, preguntó la dama.

-Es de mi época-, espetó el hombre.

Sin darse cuenta estaba rodeado de hombres y mujeres vestidos con pieles de animales, al estilo de la Edad de Piedra, con lanzas y cuchillos de palo.

-¿De dónde vienes?-, preguntó un hombre que parecía ser el jefe de la tribu.

-Ya lo dije, a ver a mi hija Diana García Casey de bebé- arguyó algo asustado Filomeno García.

Todos los presentes soltaron las risas, mientras el hombre se le acercó, lo observó muy fijo y lanzó la daga verbal.

-Esa que dices tu hija, murió por radiación en la guerra nuclear en el 2062-, dijo el hombre.

Soltó a llorar, en momentos en que la concurrencia lo miraba fijamente sin decir nada.

-Evitaré esa guerra con mi máquina del tiempo y así mi hija vivirá.

Volvieron a reír, se burlaban de él y el jefe de la tribu se le acercó.

-Hombre estúpido. Ni tú ni tu aparato pueden cambiar el futuro o el pasado. El tiempo que se va no vuelve. Vive lo que tengas que vivir, disfruta lo que debas gozar y tu hija morirá como todo mortal de la Tierra.

-Pero yo quería regresar atrás-, respondió Filomeno García.

Entra a tu máquina y vuelve para que disfrutes de la vida, tu hija crecerá y se irá.

El matemático obedeció al jefe de la tribu, se metió en el aparato, lo encendió y regresó para ver su casa destrozada, sin tejas y unos vecinos sorprendidos ante lo que observaron.

Al día siguiente compró los pasajes para México con el fin de ver a su hija porque algún día sería más viejo y su descendiente debía hacer su vida donde quisiera.

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