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¡7 + 5 = 11!

Por: Por: Milcíades Ortiz Catedrático -

Fui a una farmacia de un súper de clase media a sacar fotocopias de mis artículos. Eran dos y a uno le haría 7 copias y al otro 5. La empleada hizo las copias y al anotar en la factura dijo "7 + 5 = 11". Quedé extrañado porque en mi mente había hecho esa sencilla suma y el resultado era 12. Le dije a la señora de unos treinta años, que esa no era la suma y ella insistió. Luego aceptó que era 12. Para que no se sintiera mal, expliqué que como ejercicio mental siempre hago las sumas de las cuentas. Caminé tres metros hacia la cajera para pagar las doce fotocopias. Ella viendo el papel señaló que "7 + 5 eran 10". Casi me caigo de espaldas. Para suavizar el error matemático volví a señalar que al evitar que se me oxide la mente, siempre hago las sumas de lo que gasto. Al salir del sitio recordé que esa manía de hacer cuentas mentales me ha salvado de errores de varias cajeras en supermercados.

Por lo general me querían cobrar de más. Una vez por una medicina de diez balboas, ¡me facturaron cien! Mi mente se fue por el "túnel del tiempo", a los años cuarenta del siglo pasado. En un garaje la maestra Susana de Lindo nos tomaba la mano y nos enseñaba cómo se escribían las letras y los números. Cuando papá fue maestro rural enseñaba a sumar con mangos y naranjas. Las letras los niños las hacían con alambres que sobraban de las cercas de fincas de ganado. La educación panameña de esa época "mejoró" cuando comenzaron a enseñar con palabras mostrando el objeto. Una vez en un campo ante el supervisor de Educación, se le puso a un niño en un mural la figura de un gato. El Cholito con energía dijo "micho". Luego vino la enseñanza "para la vida práctica". En el Instituto Nacional nos pusieron a hacer " chancletas de madera", calzado propio de los chinos. También aprendimos a arreglar un corto (circuito eléctrico), algo que tampoco volví a hacer en toda mi vida.

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En esa época para que un niño pasara al segundo grado debía hacer un exámen público ante un supervisor de Educación. Mi madre, la maestra Italia, sufría pensando que sus alumnos no pudieran leer bien o hacer sencillas sumas. Ante la cantidad de fracasos, el gobierno decidió pasar a los chiquillos que fallaron, porque costaban mucho dinero. Luego inventaron los cursos de Recuperación, que a veces son un relajo. No me extraña que los alumnos de ahora sepan mucho de redes sociales y computadoras, pero no suman bien. En la Universidad, de diez alumnos de Periodismo a lo sumo tres leían bien. Muchos no entendían la lectura de un texto. Tuve que usar cuentos infantiles para que lograran buena nota. (Menos mal que dicen que pronto nos gobernarán los robots).

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