Carnavalicidio 2021

Por: Jaime Porcell -

Perdoné que el Covid-19 restringiera mi derecho de movilización y reunión. Intenté pasar en seco. Puse al admirado epidemiólogo como censor advirtiendo; nada de críticas. Bandeé la neurosis del encerramiento gracias a ustedes, quienes me leen y critican. Lo que no perdono es que nos dejara sin carnavales.

Los carnavales ya contaban con su comparsa de aburridos puritanos aplicados a aguar el trago sin respetar el significado de una fiesta enraizada en la identidad profunda del ser panameño. Los degradan a invento improductivo que nunca promoverá este desarrollo que hacen disonar tan soso como ellos. Rechazan a unos carnavales como tradición sostenible en nuestro rasgo divertido, vivo, expansivo y desbordante.

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Estos aburridos reniegan de aquella función de igualación de clases, oportunidad única que dispone el desorejado para presumir de gran bailarín ante su conquista.

Es que los carnavales funcionan como pacto de complicidad con la vida, con el optimismo de lo que vale la pena y está por venir. Son el mejor invento para dejar atrás el duelo por lo irremediable e imposible.

Lo que nos parece natural, hace venir turistas de lejos buscando la sanación de brincar al son de la murga bajo el cisterna en un amasijo con la Calle.

Bailar en colectivo es una de las consecuencias divertidas y relevantes de establecer una conexión especial y crear lazos con nuestro entorno humano. Expresa una manera de comunicación y unión entre carnavaleros que incluso hace olvidar a Marx con aquello de ricos contra pobres desde principios de la historia. Ahora es Calle Arriba contra Calle Abajo.

“Jaime -comenta asombrado en el culeco el compinche peruano-, si a un papá de reina le cantan eso de ‘¡cuec…, cuec…!’ Allá tiramos bala. Ustedes lo bailan”.

Bellas reinas melancólicas y desilusionadas lloran sin distingo de calle, junto a sus cortes de maquilladores, costureras, artistas de carros alegóricos, el de los cohetes. La señora de la fonda no sabe cómo pondrá la olla mañana. Los murgueros, músicos típicos y regueseros desempleados inventan carnavales virtuales para disimular la tragedia real.

Arnulfo decía, los carnavales era lo único que tomábamos en serio. Sabía mucho.

Ahora, ¿quién cargará con el peso de lavar penas y recargar ganas de vivir para el resto del año? No perdono al Covid-19 el carnavalicidio.

El autor es docente e investigador político

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