Descanse en paz
Dice un viejo proverbio chino que la muerte puede tener el peso de una montaña o pesar menos que una pluma de ave, todo va en cómo se vivió. En ese contexto, la desaparición física del padre Fernando Guardia Jaén tiene un peso enorme de dolor en todos los panameños.
Guardia Jaén vivió una larga y fructífera existencia, marcada por el signo de la lucha, la verticalidad y honestidad a toda prueba.
Fue civilista de primera hora, fundador de la cruzada de pañuelos blancos y pailas ruidosas que fustigaron los oídos de los entorchados de la Avenida.
Fue sacerdote jesuita por 54 años y, como tal, comprometido con las causas sociales, vivió el sacerdocio como un servicio público, amén de la vocación religiosa que lo animó toda su vida a servir a nuestro Señor Jesucristo.
Los panameños perdemos con la desaparición física de Guardia Jaén a un hombre que fue el epítome de la civilidad, que sin ser político, dio lecciones de ciudadanía, que en otro contexto hubiera sido un excelente administrador de la cosa pública, un hombre sabio, tolerante, valiente y conciliador.
Fernando Guardia recuerda esa casta de curas comprometidos de verdad con el pueblo pobre al que predicó Jesucristo, hace más de dos mil años, un hombre sencillo y alérgico a las etiquetas ideológicas que algunos pseudoizquierdistas quieren darle a tal o cual corriente doctrinal dentro de la Iglesia católica.
Recordamos con especial cariño su programa de educación a través de la radio, para llevar la formación académica básica a todo aquel que por los avatares de la vida se quedó rezagado.
¡Descanse en paz, este cura bueno!
