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Infancias que duelen

Clara Presman

Periodista

La palabra trabajo estremece unida a niñez. Resulta indispensable aclarar los términos. No es lo mismo trabajo infantil que explotación infantil. Eve Crowley, miembro de la Dirección de Género, Equidad y Empleo Rural de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) sostiene que si los niños “Participan de cierta forma en actividades de subsistencia de la familia, en especial si no implica trabajos pesados o peligrosos, o no interfiere con la escolarización, es legítimo y puede ser importante para desarrollar habilidades necesarias para llegar a ser agricultor o pescador en la vida adulta.

A diferencia del trabajo efectuado de manera saludable por niños, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la explotación infantil es “aquel trabajo que perjudica la salud del niño, impide que asista a la escuela y puede poner en entredicho su desarrollo y crecimiento futuros”. Por lo tanto, aquellas tareas ligeras son aceptables a partir de los 12 años de edad, al igual que los trabajos calificados no peligrosos para los adolescentes de 15 y 16 años.

La explotación de niños trabajadores refuerza los ciclos inter generacionales de pobreza. No es solo la causa sino la consecuencia de la desigualdad social que es cada vez mayor en el mundo. Los perjudicados siempre son los mismos y los beneficiados unos pocos. Plantear el trabajo como el problema en sí mismo es una visión simplista de la problemática que no contribuye a solucionarla. Proteger la infancia es otro de los objetivos a lograr en el camino hacia una sociedad con menos desigualdad. Los niños no son el futuro, son el presente.

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