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La otra corona del virus

Los guionistas de esas películas percibieron muy bien la psicología y la dinámica de comportamiento y la lucha por el dominio en esas situaciones limites.

Por: Pedro Luis Prados S . -

Esta pandemia lleva el curso de  las series de películas de  zombies creadas en los esquineros de los estudios deg Hollywood, en las cuales los muertos salen de las tumbas, las bóvedas, del bosque y alcantarillados a matar y devorar a los vivos. Los vivos se encierran en sus casas, acumulan alimentos y se arman, pero los zombies siempre son más.
Ahora los contagiados van en aumento, no habrá formas de contenerlos, saldrán a las calles y luego invadirán las casas y contagiarán a los sanos.
Todo ocurrió en "Érase una vez en Hollywood".
Puede parecer una broma de mal gusto, pero la analogía es real. Los guionistas de esas películas percibieron muy bien la psicología y la dinámica de comportamiento y la lucha por el dominio  en esas situaciones limites. Tal vez lo tomaron de algunas novelas sobre las pestes en el siglo XIX y algunas icónicas en el XX.
El zombie puede ser cualquiera. El marginado social, el discriminado racial, el inmigrante, el infectado de una epidemia, el desclasado, el perseguido político, la mujer maltratada, cualquier segmento de la población que el esquema dominante no sea capaz de integrar es un zombie en capacidad de agruparse y organizarse porque no resisten más la condición de muertos vivientes.
La fenomenologia del comportamiento colectivo con respecto a los pacientes del coronavirus es similar a la utilizada con los zombies de la pantalla y a los otros zombies creados por la sociedad. Desde la generosa cura hospitalaria, hasta la captura en calles y casas; desde los tratamientos médicos cuidadosos hasta el maltrato policial; del aislacionismo preventivo a la discriminacion colectiva.
Al igual que a los otros zombies, se les alejan de las casas, se los privan del habla y hasta le se les niega la comida.
Como los   otros desdichados, que viven su desamparo sin percatarse y cubren con monedas su desnudez; aquellos intocables, los instalados sobre una veintena de pisos, los protegidos por sus bóvedas bancarias, los inmunizados en sus asépticas piscinas playeras que compran el derecho a la humillación con una donación de alimentos o un bono a sus empleados y ejercen el supremo poder de la desigualdad; también a ellos, la desolada experiencia de la tumba igual los aguarda.
Esta pandemia nos ha puesto en escena, como hicieron en su momento las obras de Bocaccio, Edgar Allan Poe, Thomas Mann, Albert Camus y las pinturas de Camposanto de Pisa, Hans Holbein y Brughel el viejo, las dos caras de un mismo drama, por un lado los padecimientos de los moribundos y el desamparo de la muerte y, por otro, la miseria moral de la indolencia y cínica malevolencia de quienes se consideran  intocables. Por un lado los detalles de los muertos devorando los vivos plasmados en El triunfo de la muerte de Brughel, la otra, la falsa inmunidad que brinda la riqueza en las páginas de  La mascara de la muerte roja de Edgar Allan Poe. Entre ambas el caldo oscuro del dolor de unos y la miseria humana de otros cuajada en las líneas de La Peste de Albert Camus.
Si esta pandemia tiene otra corona, no es otra que el cráneo  coronado con laureles en soporte  de dos tibias cruzadas que nos brindan las iconografías medioevales .

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