Rescate del olvido #402 Mario Calvit en la pintura panameña

Por: Por: José Morales Vásquez Investigador de Arte -

En la Prensa / jueves 3 de octubre de 1996. Página 4C. César Young Núñez, publica el artículo: Mario Calvit – Retrato de un autorretrato.

Hace unos lustros, tal vez menos ilustres, por circunstancias casi inaccesibles a la razón, el pintor Mario Calvit fue arrojado de ese paraíso que constituía su mundo creador, su fuente de horizontes y su gabinete de alquimista donde mezclaba el oro de sus sueños y los tigres de colores. No obstante, desde ese fondo que es el misterio y como resultado de un esfuerzo olímpico y sobrehumano, pudo ver al final el retorno de los pájaros migratorios desde esa estación violenta. Sin duda, cualquiera que haya llegado a una situación límite y luego se recupera y retoma con lucidez y corazón valeroso su búsqueda estética y humana en el lugar donde la había dejado, es algo que hay que aceptar no solo con alegría sino con el más grato respeto.

Mario, consagrado por entero, en los últimos años, a la pintura, se ha dado tiempo para ejercer uno de sus oficios predilectos como lo es la escultura. Sus obras más recientes logran aciertos particularmente jalonados por otras formas de interpretar la expresión corporal, las cuales enmarca dentro de un conjunto de detalles menos rígidos que ahora desarrolla con mayor vitalidad como en los torsos del adiós y del olvido.

En su pintura, el caballo es su figura emblemática por excelencia. Recordemos que Aquiles en la Iliada sacrificó cuatro yeguas que colocó sobre la hoguera funeraria de Patroclo, su entrañable amigo, porque ellas iban a conducir al difunto al reino de Hades. En el Vudú, tanto en sus versiones haitianas y africanas, el caballo se metamorfosea en hombre para ser montado por un espíritu. Se convierten en verdaderos transportistas desde el más acá hacia el más allá, igual que el Pegaso de la mitología griega. En la pintura tradicional china, el caballo tiene un protagonismo relevante al igual que el tigre.

Su arte se incorpora a través de esta figura a uno de los más altos niveles simbólicos de muchas culturas por un lado y, por otro lado, se trata de un punto de vista estético que involucra una gama de actitudes y sentimientos que se dan, no a partir de una idea sino a partir de una visión del mundo.

Se trata, además, de un sentimiento que, como creador plástico, ha sido una constante, desde los años de su adolescencia hasta ahora, donde las nuevas circunstancias personales e históricas han concurrido en su creación sin alterar su visión y llenándola de más hondos significados. Es una forma de creación que intenta caminar al lado del hombre, con innovaciones y búsquedas, pero tratando de ayudar a descifrar y descubrir algunos de esos sentimientos domiciliados en su espíritu como el amor, las virtudes y, sobre todo, el sentimiento de la dignidad. Situado entre dos polos, entre la tensión y la observación, su versión plástica de estas figuras pretende circular por los ojos del espectador con sus intenciones y sus significados. Para Mario, es una declaración solitaria pero al mismo tiempo solidaria, y sus imágenes y sus figuraciones obedecen, dentro de su proceso plástico, a una continuación interpretativa de la figura humana. Paralelamente ha tratado de tomar en cuenta un conjunto de cosas que enaltecen y afectan a sus figuras en su propio ser y su misma naturaleza. Piensa que al asumir esta posición emprende una acción que propone espacios y posibilidades para que sus figuras prosigan su camino por otros mundos, por otros ambientes, y por otras dimensiones.

En los paisajes que pinta entran dos factores como el sentir y la vivencia que establecen una alianza dentro de una misma comunicación. Mario ha explorado las formas y su secreta arquitectura, y hace una propuesta dirigida al hombre para su convivencia armónica con la naturaleza como en los cuadros titulados Vuelo majestuoso y Soltemos el ave. En un sentido más amplio donde se funda su espíritu creador, hay que apuntar que su quehacer se atreve a transgredir la lógica, pero sabe detenerse para no invadir los límites del antiarte. El espectador podrá apreciar que sus personajes no están ligados necesariamente a unas determinadas épocas históricas porque los bonetes, losanges, turbantes y gorros frigios son apenas trasuntos y siluetas que las evocan.

Cuando hablaba con Mario, en esa mañana de septiembre cálida y serena, en su estudio, pensé que quizá ambos formábamos parte de un cuadro, de un escenario lleno de música y palabras, de un cuadro en movimiento que alguien estaba pintando (otra de las trampas de Borges), pero en realidad, era la memoria que, como un diminuto caballo con alas, revoloteaba en torno a los viejos y queridos recuerdos familiares.

CONTINÚA.