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Te lo ví, coloradito como un ají

Por: Julio Cesar Caicedo Mendieta Opinión -

De los tamboritos que yo he escuchado en mi vida, me han quedado muchos recuerdos que regresan a mi mente una y otra vez, para llenarme de felicidad y hacerme sonreír en los momentos más inesperados, como por ejemplo en los tranques infernales de nuestra ciudad capital, en la fila de un banco o pagando el recibo del agua.

Quizás esas improvisadas cuartetas, cantadas en forma vulgar, allá por el Villa Rosario de 1954, de cuando le llamaban la Colonia, se pierdan en el olvido, porque para qué recogerlas si solo sirvieron para celebrar parrandas de gente inocente y humilde, que por cualquier motivo intrascendente como la venta de un puerco, sacos de yuca, quintales de arroz o maíz, formaban una fiesta que arreciaba en felicidad y jolgorio al filo de la media noche.

Allí cantaban hombres y mujeres de respeto, pero que estragados en chicha fuerte, guarapo o naranjito, competían en ver que copla era la más bajuna de todas.

Eran gente introvertida que me imagino yo, que porque la tenue luz de los mechones y del fogón del sancocho no les iluminaban sus caras, cantaban con vehemencia a su turno, al punto que sus rimas gustasen por sarcásticas o graciosas y se convirtiesen en coro de un montón de estrofas con sentido y métrica durante una hora de ruedo.

A esas horas no habían pelaos, pero los más avispaos nos quedábamos escuchando atentos cobijados entre las intrincadas cercas de los bejucos de jazmín y las flores del galán de la noche, que también competían en aromas con el tabaco tututeco que salía de las pipas y los cigarros. No había energía eléctrica y mucho menos alto parlantes, pero el viento hacía viajar el sonido de los tambores, desde Villa Rosario hasta los pretiles del Trinidad, los cuales se estrellaban en los peñascos del cerro Valloli, e iban a dar hasta Playa Leona y a las Yayas de La Chorrera.

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Siempre sonrío del octosílabo cantado que terminaba en: “Se lo ví, se lo ví, es coloradito como un ají”. Pero la que más alborotó el avispero nocturno en aquellos tiempos de inocencia, fue una que a nuestra edad tampoco entendimos. La cantó un señor a quién le decían macarácas salomando así: No hay “muje” fea, si juste la mira por donde mea!...En el preciso momento la copla, no retumbó porque los tamboreros se destornillaron de la risa. A los minutos después de recobrado el juicio prosiguió el tamborito hasta el amanecer con:” No hay mujer fea, si usted la mira por donde mea”.

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