¿Por qué no puedes parar de consumir comida chatarra?
Nadie debería sentirse culpable por comer demasiado. En efecto, la ciencia nos ha liberado de uno de los pecados capitales: la gula. Porque el deseo de atiborrar la panza de dulces y fritangas no es consecuencia de un vicio en el que solo caen los espíritus pusilánimes, sino un resultado de la evolución de nuestra especie. Comer es un placer… Hasta hace medio siglo la comunidad científica pensaba que el apetito emergía naturalmente como una necesidad fisiológica. El cuerpo, al sentir la falta de energía, envía señales al cerebro para que provoque las ganas de comer. Luego, cuando cubrimos las demandas del organismo, el sistema digestivo y el nervioso se comunican, mediante la producción de hormonas específicas, para detener la ingesta de alimentos. Alcanzamos entonces homeostasis, ese equilibrio perfecto que nos permite mantenernos saludables. Pero ese mecanismo no explicaba por qué un número creciente de personas comía en exceso, a pesar de haber cubierto sus necesidades energéticas. A finales de los años 90 los estudios en este campo descubrieron la llamada “hambre hedonista”, definida por investigadores de la Universidad de Drexel, en Filadelfia, como “una contraparte apetitiva a los efectos psicológicos de otras actividades impulsadas por el placer, como el uso de drogas y el juego compulsivo.” Cuando detectamos la presencia de comidas azucaradas o ricas en grasa, se activa una zona cerebral que genera el efecto recompensa. Si cedemos a la tentación y nos llevamos a la boca el “pecaminoso” alimento, un neurotransmisor relacionado con la sensación de placer nos inunda: la dopamina. La marejada es tan intensa que transforma la bioquímica del sistema nervioso. Con el tiempo perdemos la capacidad de resistir, el cerebro nos exige más azúcar y grasas, nos comportamos como drogadictos que agonizan por una dosis de cocaína. De acuerdo con investigaciones recientes, la acumulación de tejido adiposo inhibe la respuesta a las hormonas que alertan sobre el exceso de comida. Giramos en un círculo vicioso del cual ninguna dieta nos salvará. Porque la mente glotona ni siquiera necesita la aparición material de la comida chatarra: basta con pensar en Ella, leer sobre Ella, sentir su olor, hablar sobre Ella. Y haremos lo imposible por ir a su encuentro, por devorarla… ¡Ella, la suprema fuente de placer!