Chuzo…cuando el cuerpo no coopera, cobra intereses y tiene efectos especiales
Uno no se da cuenta de que está viejo hasta que levantarse del sofá suena como si estuvieran desarmando una bicicleta. Y ni hablar de la memoria, las rodillas y ese sueño que se fue quién sabe pa’ dónde.
Hay cosas que nadie te explica cuando eres joven. Te dicen que vas a madurar, que tendrás más experiencia, que aprenderás de la vida… Pero nadie te advierte que un día vas a estornudar y te va a doler hasta el apellido.
Ahí es cuando uno dice:“¡Chuzo! ¿Y cuándo fue que llegamos a esto?”
Levantarse ya tiene su ciencia
Antes uno se levantaba de una silla de un solo movimiento. Ahora hay que preparar la operación: pies firmes, manos apoyadas, respiración profunda y cálculo de trayectoria.
Cuando finalmente logras ponerte de pie, te quedas quieto unos segundos porque el cuerpo necesita actualizar el sistema. Y si escuchas un “crac”, tranquilo: probablemente era una articulación saludando.
La memoria también se toma sus días libres
Otro día cualquiera entras a la cocina porque necesitas algo. Llegas, miras la nevera, abres una gaveta y de repente te preguntas: “¿Qué venía a buscar?”
Regresas al cuarto esperando que el recuerdo aparezca por el camino, pero nada. Eso sí, la memoria puede recordar perfectamente quién te quedó debiendo plata hace 20 años y aquella pelea con el vecino de 1998.
Los nombres también empiezan a jugar escondido. Te encuentras con alguien que conoces perfectamente, sabes dónde trabaja y hasta conoces a su familia, pero el nombre desapareció.
Entonces comienza el operativo: “¡Hola, hermano! ¡Qué gusto verte!”. Y mientras hablas, tu cerebro está buscando desesperadamente el archivo.
Dormir toda la noche es otro cuento
Cuando uno era joven podía dormir ocho horas sin enterarse de que el mundo existía. Ahora dormir corrido parece una actividad de alto rendimiento.
Primero está el calor, después el frío, luego la espalda y, cuando finalmente encuentras la posición perfecta, aparece la vejiga con una urgencia que no acepta negociaciones.
Te levantas, vas al baño, regresas, acomodas la almohada y cuando estás agarrando el sueño otra vez llega el segundo llamado. A estas alturas uno no duerme: hace turnos.
Comer ya no es simplemente comer
Hubo una época en la que uno podía meterse una hamburguesa, papas, chicharrón y postre sin pensar en las consecuencias. Ahora uno mira una fritura con deseo, pero también con respeto.
“Eso está bueno”, piensa uno, mientras otra voz responde: “Sí, pero mañana hablamos”. Porque después de cierta edad una comida pesada puede continuar a las 2:00 de la mañana con reflujo, sed y arrepentimiento.
Hasta salir a comer se vuelve una operación de inteligencia. Ya no basta con que el restaurante tenga buena comida: tiene que tener estacionamiento, baño cerca y sillas cómodas.
El aire acondicionado se convierte en enemigo público
Antes uno pedía el aire acondicionado a 18 grados y todavía decía que tenía calor. Ahora entras a un supermercado y sientes que acabas de llegar a Alaska.
Sales con los brazos cruzados preguntando quién fue el criminal que puso esa temperatura. Y ahí aparece una prenda que jamás pensaste que necesitarías: la chaquetita para ir al súper.
La misma chaqueta que antes te parecía exagerada ahora vive en el carro. También sirve para el cine, la oficina y cualquier restaurante donde alguien tenga la brillante idea de poner el aire “a todo lo que da”.
El celular tampoco ayuda
La tecnología avanza, pero la letra de los teléfonos parece hacerse más pequeña. Uno abre WhatsApp, se pone los lentes, aleja el celular y termina ampliando la pantalla hasta que una palabra ocupa media pantalla.
Entonces aparece alguien joven y dice: “Eso está clarito”. Uno lo mira y piensa: “Clarito para ti, pela'o”.
Y todavía hay que lidiar con actualizaciones, contraseñas, códigos y aplicaciones que cambian de lugar los botones. Antes el teléfono servía para llamar. Ahora parece que hay que sacar una maestría para encontrar una configuración.
La espalda empieza a mandar comunicados
Puedes pasar todo el día sin cargar nada y, de repente, aparece una molestia que nadie invitó. Uno intenta recordar qué hizo para merecer semejante castigo y la respuesta es sencilla: nada.
La espalda simplemente decidió recordarte que los años pasan. Y las rodillas tampoco se quedan atrás.
Subir escaleras deja de ser automático y se convierte en una negociación: “¿Subimos?”. “Sí, pero despacio”. Cuando llegas arriba, eso sí, haces como si nada porque la dignidad todavía funciona.
Y aparecen las famosas citas médicas
Llega un momento en que tu agenda parece la de un ministro.
“Martes, laboratorio.” “Miércoles, oftalmólogo.” “Jueves, dentista.” “Viernes, examen.” “Lunes, control.”
Y alguien te pregunta:
—¿Qué haces esta semana?
“Tengo una cita.”
¿Con quién?
“Con el doctor.”
Ya no sabes si estás viviendo o haciendo residencia en una clínica.
Los lentes tienen vida propia
Uno compra lentes. Los deja. Después compra otros. Los vuelve a dejar.
Y llega el momento en que tienes lentes en la cocina, en el baño, en el carro, en la sala y hasta encima de la cabeza.
Lo peor es cuando empiezas a buscar los lentes desesperado.
—“¡¿Dónde están mis lentes?!”
Alguien te mira.
Se ríe.
—“Los tienes puestos.”
Y cuidado cuando empiezas a decir “antes”
Ese es uno de los síntomas definitivos. Empiezas una frase con “antes” y ya sabes que cruzaste una frontera.
“Antes la comida era mejor”. “Antes la gente respetaba más”. “Antes los pelaos obedecían”. “Antes uno salía y no le dolía nada”.
De repente escuchas tu propia voz y te das cuenta de que estás diciendo exactamente lo mismo que criticabas cuando eras joven. La vida te pasó factura y ni siquiera mandó aviso.
Pero también hay cosas buenas
Con los años uno aprende a no complicarse tanto. Ya no tienes que estar en todas las fiestas, responder todos los mensajes ni meterte en todos los problemas.
Si cancelan un plan, en vez de molestarte puedes hasta celebrarlo. “¿Se canceló? ¡Perfecto!”. Porque llega un momento en que el mejor programa puede ser quedarse en casa, comer algo rico y dormir temprano.
Al final, cumplir años trae sus vainas. El cuerpo suena, la memoria se toma descansos, dormir toda la noche se vuelve una hazaña y agacharse puede convertirse en una decisión que merece ser analizada.
Pero también llegan la experiencia, la tranquilidad y esa capacidad de mirar un problema y decir: “Eso no es conmigo”.
Y si después de leer esto te levantaste de la silla y escuchaste un “crac”, no te preocupes.
¡Al final de cuenta, así es la vida y hay que aceptarla con sus achaques y cuentos!
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