Corazón partío
Por años, he sido un apasionado de la política, pero sin pertenecer a un partido político.
La política pura y pulcra, me apasiona, aunque para el ciudadano de a pie, ese tipo de política sea una especie en extinción o una fantasía más, del denominado país de las maravillas donde vivimos.
Me alegré al observar la agitación política del Partido Revolucionario (PRD) frente a su próximo congreso, considerando sus intentos fallidos de llegar a la Presidencia de la República, en las dos últimas elecciones.
Siempre respeté al PRD, por su unidad y capacidad para unificar las masas, para enarbolar la bandera del patriotismo y, particularmente, para gobernar. Hoy las bases tienen el ”corazón partío”.
Acepté como una verdad que “cuando el PRD gobierna, a la gente le va mejor”. Hoy lo reconozco, no tengo dudas de eso.
Luego de la invasión de Estados Unidos a Panamá, en 1989, el PRD quedó hecho trizas. Desmembrado, con más roedores escondidos en ratoneras, que gatos con disposición de cazar.
Los cimientos y retazos del PRD estaban regados por doquier. Por las calles, estupefactos caminaban los “Pedros” que negaban al Partido del desaparecido Omar Torrijos, igual que lo hizo el “Pescador” con Jesús, hace 2,000 años.
Me inspiró a principios de los 90, la disposición que tuvo Ernesto Pérez Balladares de recoger los pedazos de un partido desanimado, roto, y llevarlo a gobernar en 1994. La verdad, miraba como un imposible que un colectivo con ese prontuario policivo agravado por la incidencia militar, resurgiera de las cenizas.
Frente a todos esos antecedentes, me resulta incomprensible la división existente en la actualidad en el PRD.
No entiendo cómo una parte de ese colectivo responde a sus principios más profundos y la otra, a los intereses del Gobierno, estando en oposición. Ese no es el PRD, que yo conozco.
Aquel pensamiento de que “Este Pueblo es PRD”, es una falacia más. El pensamiento de los que dirigen al PRD es inversamente proporcional a lo que piensan sus masas.
Si el PRD quiere volver al poder, sus dirigentes deben renunciar a sus intereses particulares, a las ansias desmedidas de poder y abandonarse a dos palabras; “Unidad y Humildad”.
Las bases no necesitan de nombres, sino de hombres dispuestos a dar la milla extra, a ponerse el overol de obrero y a despojarse de resentimientos y ambiciones desmedidas.
Ya basta de discursos huecos y palabrería barata.