La tapa del coco
Desde hace años, el nepotismo ha sido elevado a la categoría de delito en otras legislaciones, tipificado en el Código Penal y castigado con pena de cárcel.
En Panamá, estamos atrasados en miles de años luz de esas modernas realidades jurídicas, puesto que entre nosotros, el nepotismo es solo una falta a la ética por parte del funcionario, ¡para lo que les importa la ética a algunos caraduras!
Pero la tapa del coco es el caso del Tribunal Electoral, cuyos magistrados Pinilla y Valdés Escoffery excluyeron el nepotismo de su Código de Ética.
En otros países, como el Perú, el nepotismo se configura cuando un empleado público favorece con puestos de trabajo a familiares hasta el cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad.
Eso está penado con sanciones que van de dos a cuatro años, según el catálogo punitivo de aquel país.
Sería oportuno que diputados serios y decentes de nuestra Asamblea Nacional propusieran que el nepotismo fuera elevado a la categoría de delito, ya que constituye un verdadero abuso de poder.
Eso no significa que parientes no puedan trabajar en el Estado, claro que pueden, pero hay requisitos mínimos que deben ser cumplidos, como que no sean nombrados por el nepote y que no trabajen en la misma institución, entre otros.
A pesar de que el nepotismo es cuestionable en todas sus formas, las denuncias e investigaciones sobre esta mala práctica son tan selectivas como la justicia penal. A un ministro se le cuestiona por nombrar a un hermano, pero en el Tribunal Electoral, los magistrados casi emplanillan su árbol genealógico, pero la sociedad civil, también emplanillada, permanece muda o aplica el sabio refrán: ¡es de mala educación comer con la boca llena!