Ocaso de la arquitectura
¿Qué sucede cuando los edificios expiran por falta de mantenimiento, por desidia o porque sus propietarios ya no están...?, los mismos que fueron abrigo, se convierten en estructuras enfermizas que transmiten grandes evidencias del dolor, de lo que fue y no será más.
La arquitectura es uno de los pilares fundamentales de la historia, de la civilización del hombre, es la manifestación de una cultura que evidencia sus tradiciones y costumbres a través de la expresión de sus materiales, su diseño espacial y formal, su plástica, su decoración. Esta corresponde a una época y locación, ubicada en el tiempo, por una razón para la cual fue creada, con una sola intención: para resolver una necesidad que puede ser social, cultural, económica o, por qué no, razones políticas. El punto fundamental es que toda edificación cumple con ese propósito y se convierte en colaboradora de sus inquilinos.
Una vez se deterioran las edificaciones, pasan al olvido, presentándonos una imagen triste y paupérrima.
Esto, lamentablemente, lo podemos apreciar en algunos lugares de nuestra ciudad, e incluso barrios completos que solo muestran lo descrito por Demetrio Herrera Sevillano, "cuartos de la gente pobre con sus chiquillos descalzos, cuartos donde no entra el sol, que el sol es aristocrático...", me refiero a los viejos caserones que se convierten en el asilo de los desamparados, dando refugio, ya sea para bien o para mal, aun en su agonía física dan el último aliento de protección.
Es cierto que un país tiene que avanzar e incorporarse a una arquitectura de vanguardia, pero también es importante establecer criterios de rehabilitación y restauración de aquellos íconos arquitectónicos que marcaron nuestra cultura jugando un papel fundamental en nuestra historia, que no solo se limita al Casco Antiguo.
El conocimiento del pasado de la madre de las bellas artes sensibiliza a la sociedad que cada día deja de practicar los valores intangibles sometiéndonos al estrés cotidiano dejando de apreciar nuestro entorno, volviéndonos indiferentes ante la decadencia de lo que una vez brilló.