Olores
Milcíades Ortíz Catedrático Hace más de sesenta años los chiquillos de la calle primera Parque Lefevre sabíamos que vendría la Navidad por ciertos olores y basura. El olor a frutas “marinadas” en licor indicaba que se estaban preparando algunas familias para hacer el tradicional dulce de frutas de Navidad. Después de varios días aparecían los olores a asados de jamones y pavo. No era extraño que estos artículos hubiesen sido comprados en Comisariatos de la Zona del Canal. Panameños que trabajan allí se ganaban dinero extra vendiendo “de contrabando” esas carnes. La basura en muchas casas de la comunidad cambiaba en diciembre. Aparecían los “linóleos” que se usaban en los pisos de casas casi siempre de madera, ocupadas por antillanos. Para ciertas madres este mes era de control de sus hijos. La mágica frase era “pórtate bien porque si no Santa Claus no te traerá juguetes”. Varios vecinos intercambiaban estas comidas especiales. Mamá hacía “ron ponche”… con poco ron para que no creyeran que a ellos les gustaba la bebida. Otra tradición eran los nacimientos. Eran sencillos, con figuras lo más parecidas a Belén cuando nació Jesús. Poner figuras “modernas” como astronautas y casas lujosas se consideraba un sacrilegio. Otro de los olores era el de pino de los árboles de Navidad extranjeros. Antes habíamos olido pintura fresca. Se pintaban las casas para que se vieran bonitas este mes. Para los muchachos era una espera angustiosa. Se rogaba que Santa Claus o el Niño Dios hubieran recibido las cartas y trajeran los deseados juguetes. Eso que no existían chimeneas en nuestras viviendas no debería impedir la traída de los juguetes. Para eso había ventanas y hasta las puertas… En términos generales los vecinos de esa calle se llevaban bien. Las visitas no eran extrañas. Al llegar la televisión fue desapareciendo esa costumbre. Ahora cada familia “se pegaba a la TV” para ver sus novelas preferidas. No era extraño que si algunos niños se peleaban, los padres los obligaran a “darse la mano” en señal de paz. Tampoco fueron comunes las “chupatas” ni música escandalosa. Menos los disgustos entre vecinos como lamentablemente sucede ahora en muchos barrios. A los chiquillos no nos interesaba si los regalos los traería Santa Claus o el Niño Dios. Importaba que los dieran. Eso de trineos, renos, nieve y el anciano regordete con un vestido estrambótico no nos quitaba el sueño.