Palo
El chiquillo quedó asombrado ante la cantidad de cajetas llenas de brillantes y complicados juguetes. Al principio daba gritos de alegría al abrir una caja y descubrir el regalo que le trajo el Niño Dios y Santa Claus. Llegó un momento en que su mente de pocos años se trancó de tantas emociones. Entonces recordó el viejo juguete sencillo que lo hizo disfrutar muchas horas. Estaba arrinconado en un clóset. Lo buscó y salió corriendo con su caballito de palo, pensando que era un valiente vaquero como había visto en la televisión. A sus padres les dio “yeyo” porque no entendían lo sucedido.
Otro niño recibió esa Navidad complicados juguetes que eran para más edad de la que tenía. Sus padres pensaban que era un “genio” y podía apreciar juguetes de dos o más años que él. Varios artefactos le costaron sudor al padre porque no los pudo armar por más que siguió las indicaciones del fabricante. En un momento el pelao se frustró porque no pudo poner a andar un juguete… ¡y lo tiró contra la pared! Casi les da un infarto a los padres… Resulta que en el primer caso eran más de quince juguetes. Los padres trabajaron horas extras un año para llenar al hijo de regalos navideños.
Recomendé que se dieran poco a poco los juguetes durante todo el año, en fechas especiales. No les cayó bien mi consejo. En el segundo tuve que ser muy “relaciones públicas” y “dorar la píldora”. No podía decirles directamente que no dieran regalos para niños mayores al “genio de la familia”. Tampoco fueron aceptadas mis indicaciones. Los juguetes navideños se han convertido en algunos casos en artículos que requieren una “logística” por parte de los padres. Especialmente cuando son ricos o de clase media que luchan por sobresalir en todos los sentidos, incluyendo las Navidades.
A veces convierten los juguetes en “símbolos de estatus”(posición social), señal que “pueden” gastar dinero a montones. Por lo general, la mayoría de esos artículos quedarán en el “cementerio” de un clóset, porque el niño ya perdió el entusiasmo en ellos. En los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, en la calle Primera Parque Lefevre, el Niño Dios y Santa Claus no se complicaban. Los juguetes se dan “por género”, como dirían los sociólogos. Las familias sencillas de ese lugar donde pasé mi infancia sabían que las niñas “debían” recibir muñecas y juegos de té. A los varones les traía “el viejo pascuero” revólveres de papelillos, caballitos de palo y escúteres. Eran unos pocos por niño. A veces se jugaba con ellos todo el año…