Simples
Para algunas madres fue un escándalo la aparición de muñecas que “se orinaban” cuando les “daban mamadera”. Pensaban que las muñecas de hace más de 60 años no debían ser “tan reales”. Cuando hicieron muñecas de color negro no gustó a más de una mamá. Por años, las muñecas eran blancas, de ojos azules y cabello claro. En la calle 1.ª Parque Lefevre donde viví de niño había bastantes chiquillas de color. Pocas se sintieron bien con muñecas iguales a las “mamacitas”. Todo era más simple en esos años del siglo pasado en lo que se refería a los juguetes. Los hacían en países muy lejanos, donde no conocían nuestra manera de ser. Estaba bien definido lo que llaman los sociólogos “roles”. Las niñas aparte de sus muñecas recibían juegos de té. De esta manera desde niñas se les iba acondicionando para su papel tradicional de ama de casas. Los chiquillos disfrutábamos haciendo “guerra” entre buenos y malos con revólveres de papelillos. A veces había tantos “tiros” que podía verse una nube de humo en la calle. Si existían recursos y años, el juguete preferido era una bicicleta. Recibían “escúteres” los más pequeños. Se hacían “carreras” y los conductores no manejaban rápido para no atropellar a los corredores. Otro juguete eran los pesados patines de cuatro ruedas de puro hierro. Luego de horas no era de extrañar que ocurriera un “intercambio” de juguetes. Al final de la tarde, algunas madres iban de casa en casa para “rescatar” sus juguetes. Todavía recuerdo cómo la calle se llenaba de risas desde tempranas horas de la mañana. Los que no habían recibido juguetes que pidieron a Santa Claus y el Niño Dios tenían que resignarse y rogar que el otro año sí se los dieran. La fantasía de Santa Claus hacía que niños curiosos quisieran “sorprenderlo” cuando ponía los regalos al pie del árbol de Navidad. Mi hermano Orlando y yo fuimos unos de ellos… Varias veces he ido a la calle de mi niñez en Navidad. Ahora el ambiente es distinto. Los niños prefieren jugar en sus viviendas que es más seguro. Hay conductores que no protegen a los niños en la calle. En una que otra esquina se organizan fiestas en las que el licor y la música estridente dominan. No me avergüenza soñar que ese día era como antes.