LPF, ejemplos negativos

Por: Roberto Acuña /[email protected] /@RobertoAcuna14 -

Es peligroso que haya quienes busquen  justificar la agresión del jugador de Plaza Amador Manuel “El Cholo” Torres contra su técnico, Juan Carlos García, alegando que otros futbolistas han actuado igual y, por eso, no hay que indignarse.

En nuestra liga, los ejemplos negativos están a la orden del día. Lo de Torres trasciende porque pasa de la violencia verbal a la física. No será el primer ni último caso, pero -reitero- no por ello hay que verlo como algo “normal”. Lo que hizo es reprochable y como todo aquel que comete un error o falta, debe afrontar las consecuencias de sus actos.

Pero para que la liga gane en profesionalismo, sería bueno que desde la dirigencia se empiece a dar el buen ejemplo. Lo digo porque me ha tocado ser testigo también de algunos desmanes dirigenciales, que casi siempre quedan impunes. Si se le exige profesionalismo al jugador, también debe hacerse el mismo pedido a los directivos.

Por ejemplo, el pasado Clausura 2015, en el marco de un duelo entre CAI y San Francisco, nos tocó observar a un dirigente, en estado etílico y al que los jugadores llamaban “presi”, bajar a la cancha del “Muquita” Sánchez para interrumpir una entrevista que se le hacía al jugador Edson Sams, quien le había dado el triunfo a los “monjes”. “Ellos no saben ni... de esto”, dijo groseramente con referencia a los periodistas allí presentes. La liga ha sido débil para imponer normas de conducta. El dirigente que actúa incorrectamente también debe ser castigado, al igual que el jugador que opte por la violencia como válvula de escape a sus calenturas o frustraciones.

El lío está en que quienes mandan en la Fepafut son precisamente los dueños de los clubes, quienes otorgan el castigo o perdón de acuerdo con sus intereses. Como el César, ellos deciden quién vive o muere. No hay independencia en la Comisión de Disciplina de la Fepafut y, al no haberla, resulta lógico que se dude de lo que allí se decide.

No se trata de hacer leña del árbol caído, sino de evitar caer en el malsano círculo vicioso de aceptar como normal las actuaciones violentas, sean verbales, físicas, psicológicas, etc., vengan de donde vengan. Si no nos escandalizamos, estamos perdidos.


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