Aprenda del fracaso
Todos hemos experimentado fracasos en nuestra vida familiar, en los estudios, en el trabajo o los negocios, en la formación de nuestros hijos, en nuestra relación con
Rómulo Emiliani / Monseñor
Todos hemos experimentado fracasos en nuestra vida familiar, en los estudios, en el trabajo o los negocios, en la formación de nuestros hijos, en nuestra relación con Dios y cuando nos enfrentamos con nuestras propias debilidades y pecados. La mayoría de las veces logramos nuestros objetivos y sentimos gran satisfacción, pero otras veces nuestra experiencia es muy distinta. Piense por un momento en el fracaso del Hijo de Dios. Jesús fue abandonado por sus discípulos, burlado y ultrajado por sus enemigos y finalmente colgado en una cruz como si fuera un criminal. Se ha detenido a pensar que, desde el punto de vista humano, el fracaso de Jesús fue increíblemente grande y desastroso. Pero ¿cuál fue el resultado de ese fracaso, de esa muerte? Sencillamente, Cristo Jesús murió en la cruz para salvarnos de la muerte, para abrirnos las puertas del cielo y para que resucitáramos con Él a la vida eterna. ¡Dios transformó el fracaso de su Hijo en una gran victoria!
El fracaso es la escuela del éxito. Una cosa es fracasar en la vida y otra es ser un fracasado. El hombre que no hace nada, que no se propone metas ni lucha por lo que quiere no puede sentir que ha fallado porque simplemente no ha intentado siquiera hacer algo. Sin embargo, es un fracasado total porque el éxito real está en la lucha. Si el fallo ha sido por intentar alcanzar metas elevadas y grandes, ¡bendito sea el fracaso! Eso le hará pensar que tiene metas y razones concretas por que vivir y luchar.
No permita que un fracaso destruya su entusiasmo e iniciativa y acabe con su voluntad para luchar. Comience cada día con un pensamiento motivador. Piense que usted va a llevar a cabo todo lo que pueda proponerse ese día y que Dios lo acompañará a realizarlo. El Señor transformará sus posibles fracasos en grandes éxitos.
Dios nos ama profundamente con un amor que hace surgir lo mejor de nosotros. Él no nos abandona cuando fallamos, sino que está siempre con nosotros para que no nos desanimemos. Con Dios podemos cambiar nuestra debilidad en fortaleza porque Él nos ama, aún y a pesar de lo que hemos hecho. Esto es algo verdaderamente maravilloso que nunca debemos olvidar para conservarlo siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Recuerde que CON DIOS, SOMOS. . . ¡INVENCIBLES!