Arrodillémonos ante el Dios vivo
Los cristianos en el mundo recuerdan la muerte de nuestro Señor Jesús. Para muchos, Cristo sigue crucificado, sangrante, traspasado, sucio y babeante colgado del madero.
Cristo no solo fue asesinado de una manera brutal y sádica. Nuestro Señor fue humillado, escupido, arrastrado, sus verdugos realmente se ensañaron en él. También se burlaron de él, se rieron en su martirio, le colocaron una corona de espinas sobre su cabeza y un letrero que decía: Rey de los Judíos, porque los judíos se burlaban de que ese galileo pretendiera ser Dios encarnado.
“Aquel que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”, 2 Cor 5:21.
Toda la ira, todo el juicio, todo el pecado nuestro cayó sobre él, fue el sustituto perfecto, sin pecado, él pago por nosotros, nos libró de la muerte, el pecado y de la ira del Padre. Este es el inmenso amor de Dios para nosotros. ¿Quién en esta tierra sacrificaría a su único hijo por otros?
Nuestro Cristo está ahora mismo en todo el esplendor de su gloria, con su rostro brillando más que el sol, su cuerpo glorificado espera el momento para venir a la tierra a rescatar a su pueblo.
No cometamos otro pecado de creer a nuestro Jesús crucificado. Desechemos esa terrible imagen. Él está vivo para abogar por los santos de Dios, para ministrarnos, para ejercer todos sus atributos divinos en gloria y majestad por toda la eternidad.
Arrodillémonos ante el Dios vivo: “…vi 7 candeleros de oro y en medio de los 7 candeleros a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgentes como un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas”, Apl 1:12-15.
Ven pronto, Señor Jesús. Amén.