El castigo de la lluvia
La lluvia y los ríos se pusieron de acuerdo un día para no visitar la ciudad. Apesadumbrados estaban los animales y los árboles que vivían en ella. La lluvia se había vuelto aristocrática. No quería seguir depositando sus cristalinas aguas sobre el lecho de los ríos. Decía que estaban sucios. Basura por todos lados.
Molesta con la gente, la lluvia se negaba a regar los montes, bosques y demás áreas verdes en la ciudad, porque nadie quería limpiar. La escasa agua que había comenzó a secarse, olía a podrido y se veía oscura. Pero… ¿en dónde estaba el agua de los ríos? De repente se hallaba escondida ¿bajo la tierra, o entre las piedras?
Nadie sabía la respuesta. La gente vio pasar los días y menos agua llegaba a sus casas. Las reservas se acababan a medida que pasaba el tiempo… Ninguno podía bañarse, ni siquiera podían preparar alimentos y la sed los agobiaba. Comenzaron a exigir al Rey, que nada podía hacer, para que trajera agua.
Los comerciantes del agua le propusieron al Monarca inventarla en laboratorios. Podrían ofrecerla a buenos precios a los habitantes que tenían miedo de morir sedientos. El Concejo del Rey, se alegró de la idea, con esta harían buenas ganancias y con esa riqueza comprarían a otros países que aún tenían.
A ninguno se le ocurrió que mejor sería limpiar la ciudad de basura y hacer las paces con la lluvia y los ríos, invitando a los ciudadanos a cuidar de las áreas verdes de la gran ciudad. Preferían arruinar a la gente quitándoles el poco dinero que poseían, en vez de enseñarles a no contaminar. ¡Qué problema tenían entre manos!
Mientras tanto, la lluvia en las nubes veía atenta lo que pasaba en la tierra infértil y seca… Allá en las montañas las aguas escondidas en su cuna, esperaban el anuncio de la lluvia para volver a cubrir con su manto líquido el lecho fatigado de sus cauces. La gente cansada de esperar soluciones del Rey y su Concejo, salió a protestar, pero nada pasaba… la ambición los dejó sordos, porque sólo hablaban sin parar de cuánto cobrarían por el agua embotellada, y ninguno se escuchaba.
Los pobladores continuaban sufriendo. Agotados, antes de que llegara el último aliento, uno de ellos miró un charquito a punto de extinguirse. Dentro de él se encontraba un paquete de galletas. Fue entonces, que en su agonía recordó el motivo del desastre: la basura que la lluvia detestaba, y sobre la cual no quería dejar caer sus gotas de agua para no ensuciarlas.
Se inclinó sobre el casi extinto charquito, alzó el plástico y camino lentamente hacia un olvidado tanque de basura. Los otros hicieron lo mismo con los desechos en la calle y el ejemplo se multiplicó… en un abrir y cerrar de ojos, la ciudad quedó libre de basura, e hicieron una gran hoguera en una enorme caja de metal.
Cuando la lluvia observó este esfuerzo de la gente por no tirar la basura en cualquier lugar, se conmovió y pensó: “ya es suficiente castigo, tal vez aprendieron algo…” entonces decidió caer lentamente sobre la ciudad. Pasadas varias horas caía copiosa. Dio orden a las aguas en las montañas de bajar alegremente, trayendo vida nueva.
Sus aguas corrieron veloces y libres hasta el mar, despedidas con entusiasmo por el manglar que aplaudía y saludaba a las aguas al pasar hacia el océano, devolviendo la esperanza a bosques, montes, animales y la gente que vivía en la ciudad.
El Rey y su Concejo al ver la lluvia del cielo caer, lloraron amargamente puesto que se había aguado el negocio de la venta del agua embotellada que escaseaba a causa del castigo de la lluvia, quien finalmente se apiadó de todos los que sufrían por su ausencia.