El último sueño con el perro capireño
Ya poco fumo: puros, breva, rula de "virginios" ni las aromáticas picaduras en pipa, por culpa de las campañas satánicas que le han montado al tabaco de un tiempo para acá, aunque poco creo en ellas porque mi abuela Juanita Mendieta, de Llano de Piedra, fumó con la candela para adentro y llegó sin una cana a los 97 años de edad sin toser. Ahora me entretengo recordando cosas agradables, sobre todo cuando conduzco mi chiva en viajes largos. La última vez que manejé sin escala de Cerro La Cruz, Cerro Marta, pasando por El Copé de La Pintada hasta la floreciente capital de La Chorrera, me venía sonriendo solito del último cuento que me contaron del mítico perro capireño.
De este animal solo hablan los que creen en la resurrección y la vida perdurable, por lo que si te lo encuentras y te gime mirando con el hocico y el cuello muy virado hacia el cielo como si estuviera ladrándoles a los gallotes, es porque estás muerto y no te haz enterado porque así pasa, uno cree que está vivo y no es así, pero igual por un tiempo te siguen preocupando las cosas terrenales sin mucha importancia, hasta que san Pedro te ocupe en algo útil como preocuparte por la gente sin valores humanos, por los hipócritas que nunca dan la cara y, sobre todo, de los negativos e inconformes extranjeros que viven en Panamá y hablan mal de ella. Si por casualidad te tropiezas con personas vivas que han visto al perro, pídeles que te lleven a un encuentro en el villorrio de La Pita, que queda por el puente de la Interamericana que pasa sobre el río Perequeté, y así confirmarás si estás vivo o muerto. Si te mira de frente meneando el pedacito de rabo, porque es trucho, ponte triste porque aún estás vivo.
Dicen que el perro capireño desciende de una raza española: el ratonero o bodeguero andaluz, dícese que la especialidad de esta raza siempre ha sido la caza de ratones, sobre todo los que se escondían en las bodegas andaluzas y que podían echar a perder la producción de vino. Uno de los primeros de ellos en Panamá vivió con los jesuitas que educaron a Victoriano Lorenzo en Capira, en la hoy iglesia de San Isidro Labrador, desde esos tiempos en que no llegábamos a 300 mil habitantes, sus descendientes sobrevivieron hasta llegar a mandar en la panadería de Los Montecer, allí su destreza no fue la de cazar ratones, si no la de lamer los talones y cutarras a los panaderos de las famosas roscas de huevo, que en tiempos decembrinos aumentaban su demanda, por lo que se contrataban muchachos extras que se escondían los huevos de gallina en los bolsillos y al despedirse en la madrugada, el viejo Montecer les daba las gracias estrechándoles cariñosamente y dándoles palmadas fuertes en los bolsillos y las partes bajas de los pantalones.