Las manos de mi madre

Por: Hermano Pablo -

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,

tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras... ¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman, las que todo prodigan y nada me reclaman! ¡Las que por aliviarme de dudas y querellas, me sacan las espinas y se las clavan ellas!

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas, cuando tengo las alas de la ilusión caídas, ¡las manos maternales aquí en mi pecho son como dos alas quietas sobre mi corazón! ¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas! ¡Las manos de mi madre perfuman con ternezas!

Con este poema que lleva por título «Las manos de mi madre» el poeta salvadoreño Alfredo Espino, en su obra titulada Jícaras tristes, le rinde homenaje a la mujer que marcó su vida como ninguna otra. Según el prologuista Francisco Andrés Escobar, uno de los factores más influyentes en la vocación de Alfredo Espino fue su madre, doña Enriqueta Najarro: «Hija de un abogado, fue maestra, poetisa y, sobre todo, mujer dedicada al hogar. Sus habilidades educativas las realizó en sus hijos, sobre todo en aquellos... cuyas propensiones literarias se acercaban mucho a la vocación poética de ella....

«Desde sus primeros años de infancia, Alfredo fue callado, apartado, dueño de una fuerte propensión a la melancolía alternada con períodos o momentos de euforia. Cuenta su hermana: «A veces le agarraban tristezas. Se encerraba entonces en una sala, y únicamente mi mamá lo podía consolar con sus palabras y sus caricias».

Gracias a Dios, los que no tienen una madre que sepa borrar sus tristezas y que los consuele con sus palabras y sus caricias, ya sea porque nunca la tuvieron o porque ha fallecido, pueden recibir aliento de estas palabras del profeta Isaías: «Así dice el Señor:

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