Mi pareja era tan celosa que me acompañaba al baño
Era viernes, para mí una jornada de trabajo que se prolongó, para ella eran horas extras que yo dedicaba a otra persona; cosa que solo estaba en su imaginación.
Dos llamadas telefónicas no respondidas por razones de trabajo, junto a una seguidilla de llamadas al fijo de la oficina que terminé respondiendo, eran algo ya común para mí.
¿Qué está haciendo? ¿Con quién está? Dígame la verdad, los porteros me dicen que las luces de la oficina están apagadas, dígame por qué. Esas fueron las palabras de Silvia.
Nada de eso era cierto y cada una de mis explicaciones aumentaba su desespero. Lo último que me dijo fue: “Lo espero aquí ya o me lanzo por la ventana”.
Su apartamento estaba ubicado en un noveno piso. Así que salí corriendo, tal como ella me lo exigió. Por el camino ya sabía a lo que me iba a enfrentar.
No era la primera vez que escuchaba sus amenazas, cada vez más frecuentes en una relación que ante los ojos de todo el mundo parecía funcionar.
Cuando llegué a su apartamento, lo primero que Silvia hizo fue oler mi ropa; según ella, siempre tenía impregnado el perfume de otra mujer. También esculcaba mi billetera, el celular y entraba en crisis si yo recibía una llamada.
Al principio pensé que era parte del amor que sentía por mí y hasta hacía bromas con sus excesos, pero nuestra vida se convirtió en un infierno.
Conscientemente nunca creí darle motivos para que se portara así. Sin embargo, ella siempre insistía en que mi cercanía con mujeres en mi familia y trabajo tenían una intención de conquista.
Las cosas empeoraron y a los dos años de relación ya había actitudes de riesgo. Por ejemplo, si yo salía de la ciudad, ella dejaba de comer, las llamadas eran a deshoras e incluso llegó a golpearme.
Con el compromiso de matrimonio, Silvia en lugar de calmarse se volvió más celosa. Después se obsesionó con embarazarse y cuando no lo logramos, su obsesión por mi supuesta infidelidad crecía.
La vida social se nos volvió una tragedia. Si íbamos a una reunión, ella me prohibía moverme de su lado y me seguía hasta la puerta del baño.
Dejamos de salir y le propuse buscar ayuda, pero ella lo rechazaba y solo me pedía que le confesara quién era mi amante. Logré convencerla de ir a donde un psicoterapeuta. Fuimos a dos sesiones y ella desistió.
Entonces terminamos y puse distancia entre los dos, corté toda comunicación.