Ola
Todo comenzó cuando chilló el celular, pero no le hice caso. Pensé que era un mensaje de ofertas de publicidad. Estaba en medio del noticiero de TV. Y lo que decían era muy importante. Luego revisé el mensaje que me saludaba con una palabra mal escrita. Me extrañé que tuvieran mi número y no reconocí a quien llamaba. Creí que era una encuesta con las dos preguntas del momento: “¿qué piensa del aumento de cinco centavos al litro de gasolina para dárselo a los jubilados?”… “¿qué opina del viaje del expresidente Martinelli?”.
Me dispuse a contestar que quien asesoró al mandatario sobre crear un nuevo impuesto, lo que quería era que le formaran un revolú. No conozco un pueblo que esté de acuerdo con que le aumenten los impuestos para darles más plata a otros. Además, por qué no aumentar el impuesto de los lujos como los licores finos, juegos de azar, etc. El combustible determina el precio de muchos productos alimenticios, así como el del transporte de taxis y buses. Añada el peligro de que esto se convierta en una mala costumbre. Cada vez que alguien pida aumento de sueldo sacarán la plata del bolsillo de todos los panameños.
Respecto al viaje del expresidente hubiese dicho que ese interés noticioso demuestra que el hombre sigue teniendo influencia en este país. Con otros problemas como el de la basura, la falta de seguridad en las calles y la protesta indígena contra hidroeléctricas, muchos esfuerzos periodísticos se hicieron para seguir “el avión”. Hasta tuve miedo que suspendieran los Carnavales, lo único que muchos panameños toman en serio.
Pero, ¡no era ninguna encuesta telefónica! La llamada se convirtió en misteriosa cuando llegaron mensajes sospechosos. Figúrense que dijeron que deseaban saber mi nombre, escrito con mala ortografía… ¿Por qué llamaron si no conocen el nombre del dueño del teléfono? Peor fue al señalar que era menor de edad. Me aterrorizó el pensar que podía ser una trampa de un abusador de menores. No dormí bien, pues me acordé de los famosos pinchazos de la máquina invisible que nadie sabe dónde está. Me resigné porque la vida de los periodistas es… ¡peligrosa!