Olga Sánchez Borbón 1921-2016
Alberto Castillo, conocido por su severidad de criterios, llega a suponer, en 1964, que, en Olga Sánchez, existe una escultora en potencia porque sus trazos fuertes y vigorosos escapan muchas veces de la limitada tela. "...Son figuras gigantescas, algunas no solo agrias, incluso deformes por su corpulencia y por su trazo vigorosísimo; parecen nacidas de la garra poderosa y fuerte de un coloso enamorado. Tiene el mérito excepcional de la inspiración, de toda una escuela y de toda una profunda cultura que la artista panameña, lejos de su patria y al calor hidalgo de nuestra España, ha podido libremente exponer sin traba, recelo ni reserva".
En cuanto al uso del color, en la obra de Olga Sánchez, el “Diario” de Barcelona, reseñando su muestra del 66, en el Ateneo Barcelonés, nos afirma: "Se presenta con nogalinas y óleos sobre papel y sobre tela, pintados con pincel y espátula... una pintura de trazas contundentes y un cromatismo sobrio, predominando los ocres y colores sombríos, por excepción del azul... Olga Sánchez es dibujante nerviosa y certera, que da alma al gesto y plantea, en un desnudo, un escorzo de valentía. Es, en segundo lugar, una pintora de paleta contenida".
Lo que conduce, en un análisis total de su obra, a la siguiente caracterización: en su técnica, una maestría de dibujos nerviosos, fuertes, continuos; en su color, una gran sobriedad, en gamas graves y profundas que sirven al patetismo del diseño; en su temática, un constante análisis introspectivo del hombre, en un "humanismo estremecido y patético".
Se citan comúnmente como antecedentes de su obra, por "su reciedumbre de lejanía telúrica" y por su dibujo de un dominio contenido, la trayectoria que va de Goya, pasando por Novell, a Gutiérrez Solana. Otros, como Luis Bosch, afirman que su obra se apoya: "En Daumier, por la intencionalidad social y las gamas en ocre negro de su obra inicial, en 1957; en Rouault, por sus masas ígneas, auténticos sufrimientos humanos, en una serie continuada de campos plásticos; y en Novell, por la sensibilidad y delicadeza al matizar las zonas oscuras cromáticas".
Todos, como se sabe, ilustres compañeros de un camino artístico trabajado arduamente y de logros indiscutibles.
Sin cambios de estilo o modificaciones temáticas de estridencia, la obra de Olga Sánchez es muy personal. Se va depurando y madurando en casi 50 años de producción. En ciertas etapas de su camino, encontramos variantes de motivos. Así, en 1970, los niños de Biafra encuentran en Olga Sánchez la mejor intérprete de una humanidad angustiada y agonizante o, en 1976, en la exposición del Centro de Arte y Cultura y del Chase Manhattan Bank, en Panamá, las escenas de tauromaquia, con formas de toro y figuras humanas. Sin embargo, como sintetiza Carlos Arboleda: "El hecho no le interesa, sino el aspecto plástico. Sus personajes son indefinidas: rostros, manos y pies muchas veces no aparecen y, cuando lo hacen, son de forma trágica, deformándolos casi como caricaturas".
Hay, en buena parte de sus obras, una fina ironía, un humor negro, al analizar aspectos de la conducta humana, expresando la angustia moderna y la visión antiheroica del ser humano. Deformaciones del ser humano que promueven belleza, por la expresión de armonía e interioridad con que se reviste esta artista.