Opinión

Para que los muertos puedan descansar en paz (víctimas y victimarios de la dictadura)...

Recuerdo un pasaje de una novela, no estoy seguro si es la “Isla Mágica” de Rogelio Sinán o “El Ahogado” de Tristán Solarte (Guillermo Sánchez Borbón), en la que uno de los personajes se encuentra con el fantasma de su abuelo, quien le dice que, a pesar de la gran cantidad de años que lleva muerto, aún no puede descansar en paz porque debe reconstruir o reponer todas las cosas de la naturaleza que movió, dañó o modificó en su vida.

Así siento que le sucede a Omar Torrijos, a los muertos y desaparecidos de la dictadura y a los demás miembros de la Guardia Nacional que ya también fallecieron y que son señalados por su rol en los exabruptos de la época.

Ahora que murió, me imagino en la misma circunstancia a Manuel Antonio Noriega: empezando a poner en su lugar cada objeto que movió, desde un mango bajado de un árbol hasta una piedra tirada al mar. Tarea ardua para cualquier espíritu.

Tras la partida del último dictador de Panamá, han salido a hablar muchas personas relacionadas con los uniformados. Era obvio que muchas de las heridas de esta sociedad empezarían a doler otra vez, porque en todos estos años no se han cerrado apropiadamente y, a la menor sacudida, se resienten.

Este martes apareció la hermana de Héctor Gallego en Telemetro contando que habló con Noriega y que este le explicó qué sucedió con el religioso católico. José Hilario Trujillo ya había estado en el mismo canal la semana pasada para hablar de los crímenes de la época y aclarar algunas cosas. Así lo han hecho, de igual forma, otros militares (como Roberto Díaz Herrera, por ejemplo) y otras figuras relacionadas al régimen, ya sea porque estaban vinculadas a este (Eudes Moscoso o Balbina Herrera) o bien porque se le oponían (Guillermo Cochez, Aurelio Barría, Alvin Weeden o Miguel Antonio Bernal, por mencionar algunos). En su mayoría, todos cuentan que se reunieron con Noriega al regresar a Panamá y que el general degradado (Endara lo degradó y expulsó de las Fuerzas, hay que recordar), con muchas reservas, aclaró las dudas alrededor de múltiples eventos del periodo.

Toda esta gente que se reunió con Tony (como muchos lo llamaban de cariño) lo hizo para apaciguar sus inquietudes personales y descubrir el fragmento de la verdad de su interés, no más. Hay muchísima otra gente en Panamá que también busca respuestas y que no tenían las conexiones para solicitar una cita con el MAN, hablar con él y obtener información. Esas personas también tenían derecho a solventar sus dudas.

Aunque todos los que han aparecido en los medios están en todo su derecho de salir a hablar, lamentablemente, este tipo de apariciones —creo— solo generan más confusión y odio. Estas revelaciones a medias, lamentablemente, no aportan a la justicia colectiva, al esclarecimiento de la historia, a sanar las heridas sociales y, apuntando a lo metafísico y sobrenatural, a que los muertos descansen en paz.

No creo que Héctor Gallego, Rita Wald o Floyd Britton descansen en paz al no saberse dónde están sus cuerpos; así como tampoco creo que descanse en paz Hugo Spadafora al no saber dónde está su cabeza; o, en un caso diferente, Moisés Giroldi al no conocerse, realmente, los detalles de su fusilamiento y a quién se le debe adjudicar. No creo que, desdichadamente, ninguna de las 110 víctimas de la dictadura esté tranquila al no saberse qué les pasó ni saberse quiénes estuvieron involucrados en sus crímenes.

Tampoco creo que los culpables y los líderes de la época estén tranquilos al cargar con culpas que no son suyas o al no poder arrepentirse de los crímenes que sí cometieron.

La responsabilidad de Omar Torrijos

No voy a tapar el sol con un dedo: La gran mayoría de los muertos de los militares fueron en los primeros años del régimen, al menos eso señala el informe de la Comisión de la Verdad (ver las gráficas arriba).

Los líderes tienen la obligación de responsabilizarse y pagar por las faltas y errores de los subalternos; ya que es culpable el que delinque como el que deja delinquir, y es tan culpable el que planea un crimen como aquel que lo solapa con su silencio al descubrirlo. Pero, creo (y aquí el nieto vence al periodista), hay grados de culpabilidad y sutiles diferencias a la hora de dar la cara.

No sé, realmente, si Torrijos cometió u ordenó él, directamente, alguno de los crímenes de esos años. Sospecho que, por las más diversas razones, sí se quedó callado y ocultó muchas cosas de las que se enteró o descubrió.

Es reprochable, totalmente, no lo voy a negar. No obstante, a estas alturas, creo que el mayor beneficiado de que se haga justicia sería el propio Torrijos, no importa si se declara que es culpable (por haber cometido, por ser actor intelectual o por encubridor) o, por el contrario, que es inocente. El saber cuál fue su rol, si lo hubo, y en qué grado, sería de gran ayuda para muchos. La verdad, hay que distribuir las cargas como son, suficiente conque le digan borracho, mujeriego e, inclusive, narcodictador.

Hasta que no se conozca la verdad de lo que pasó; Torrijos, los otros militares ya fallecidos, y las víctimas de la época, seguirán siendo almas en pena. Se necesita hacer justicia, se necesita saber quiénes son los culpables, cómo se cometieron los crímenes, dónde están los desaparecidos y qué sucedió con ellos si queremos que todos puedan avanzar en su camino. De paso, nosotros, como nación, podremos aprender para no cometer los mismos errores y tratar de pagar “las cuentas del alma”.

El problema, y es aquí donde está el “quid” del asunto, que hay muchos vivos que no quieren que los espíritus expíen sus culpas (victimarios) o sanen sus penas (víctimas), porque representaría que ellos, los que aún están aquí, tendrían que asumir sus responsabilidades y afrontar las consecuencias de sus actos.

Corresponde a la justicia asumir su rol y pensar en el beneficio de todos, no solo en el de unos cuantos. Si los involucrados sobrevivientes, por seguridad, callan y ocultan los hechos, corresponde a las autoridades llamarlos y dar con la verdad. Para beneficio de todos: tanto de los vivos como sociedad, como de los muertos para que descansen en paz.

Epílogo

El caso de Torrijos es particular, porque es parte del grupo de los victimarios (los militares); pero también es víctima (el “avionazo”, nadie me engaña, no fue un accidente).

Él, así como los demás muertos de la época, merece justicia y que se aclaren las circunstancias de su fallecimiento. Lo merece, porque no solo su ánima podrá andar más tranquila, también la de muchos otros. Mi propio padre, por ejemplo: Él siempre tuvo ese tema pendiente y murió sin haber aclarado el asunto. A mí me gustaría, aunque sea ahora, que tenga la tranquilidad de que, finalmente, se supo bien qué sucedió.

“Al perro más flaco se le pegan las pulgas”. Para mí, hoy en día no en su época, Torrijos es el perro más flaco de toda la trama y no hay nadie que salga en su defensa o, por lo menos, a tratar de aclarar las cosas.

A Noriega —dejando el sarcasmo a un lado y sin ironías— le están tratando de lavar la cara ahora que murió. Con Torrijos no se trata de lavársela; pero sí merece que todos dejen de escurrir el bulto con respecto a él y se sepan las cosas tal como fueron. No es un secreto que, una vez él murió, mucha de su gente más cercana se plegó ante Tony y prefirieron no mover el tema de su muerte (por temor, porque querían seguir beneficiándose de la situación, en fin, por muchas y variopintas causas).

Pero este es un tema muy complejo y prefiero abordarlo con más calma después.

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