Pinilla, ¿el eterno?
Construido con estilo monumental, propio de un castillo, la nueva sede del Tribunal Electoral (TE) es el sitio ideal para albergar a Erasmo Pinilla que, no conforme con haber sido durante 30 años un privilegiado asalariado de la cosa pública, ahora pretende eternizarse en el cargo de magistrado electoral.
Tal decisión, de concretarse, sería nefasta para el país, la democracia es alternancia en los cargos, por ello Pinilla debe irse.
En la década de los 80, fue el anodino, pero no por ello menos fiel y eficiente adlátere de la casta militar que gobernaba el país; de conspicuo miembro del brazo político de esa dictadura, pasó a ocupar el cargo de secretario general en la Asamblea Nacional.
De allí, acodándose coyunturalmente en otros cargos, pasó a ser el complaciente magistrado que todos los gobiernos autoritarios sueñan con tener, uno que le dé forma al abuso y las tropelías y que sea instrumento fiel de la ilegitimidad política.
Las nuevas generaciones lo han conocido como el escandaloso nepote que nombró a una gran cantidad de parientes con sueldos de toda clase, mientras el panameño de a pie se sigue comiendo un cable.
El mismo nepote que Angélica Maytín, de la Secretaría de Transparencia, ha pedido que sea investigado por la Corte Suprema porque su nepotismo va más allá de una simple falta a la ética.
La realidad es una: Pinilla es un peligro para la democracia. No podemos tener políticos con simpatías oportunistas en el Tribunal Electoral, políticos que puedan prestarse para el juego del fraude y burlar la voluntad popular.
El veredicto es inexorable: Pinilla debe irse. Si aún le queda algo de interés por la suerte del país, que deseche ese sueño de opio, esa fantasía absurda, de permanecer más allá del 2019 en el Tribunal Electoral. El pueblo no lo permitirá.