Robar su propia casa
La medianoche estaba negra sobre la ciudad de México. La calle de la colonia estaba oscura, la casa escogida para robar, en tinieblas, y el presunto ladrón, Luis Medina, sumido en las sombras del alcohol. En esa condición, Medina entró en la casa, se apoderó de un televisor y salió corriendo.
A las dos cuadras lo detuvo la patrulla. Cuando lo obligaron a ir a la casa robada y devolver el televisor, Medina se dio cuenta de algo increíble. Había entrado en su propia casa y se había robado su propio televisor.
«No podemos enjuiciar a este hombre —concluyó el comisario Francisco Boeta—. Se robó lo que era suyo.»
Robar en su propia casa, quitarse lo que le pertenece, llevarse bienes que son propiedad de uno mismo, es producto de una mente muy confusa. En condiciones normales el hombre hubiera robado en cualquier otra casa. Atarantado por el alcohol, se robó lo que le pertenecía.
Sin embargo, hay muchas personas sanas y cuerdas, sobrias y normales, que saquean su propia casa. Roban cosas que les pertenecen. Sólo que no lo hacen de noche. Ni lo hacen enmascaradas. Ni lo hacen conscientes de que están robando. Lo hacen con los ojos abiertos, y ese robo sí que es condenable.
Cuando un hombre casado comienza una relación extramatrimonial, está robando de su casa la dignidad, la honra, el honor y la felicidad. Cuando una mujer cede a un amor ilícito, está robando la paz y la felicidad de su hogar, de su esposo y de sus hijos.
Cuando un hombre gasta más en sí mismo, su ropa, sus joyas, sus amigos, que lo que gasta en su familia, está robándole a su familia. Cuando una mujer desperdicia tiempo y dinero en lujos inútiles y actividades sociales que la alejan del hogar, está robando el amor que le debe a la familia.
No es necesario ponerse un antifaz negro y esperar a que llegue la medianoche para robar su propia casa a oscuras. Puede hacerse a cualquier hora del día y en cualquier día del año. Pero atentar contra la familia es robar lo que más necesitamos. Restarle tiempo, dedicación y cariño a la familia es robarnos nosotros mismos el tesoro más grande de la vida.
Sólo Cristo, al cambiar nuestro corazón y limpiar nuestra conciencia, puede evitar que seamos ladrones de los tesoros más valiosos de nuestra vida. Pidámosle que ilumine nuestro confundido corazón.