Samaritano
Debo decirles que por varias horas me sentí mal por algo que no hice. Para descargar mi conciencia decidí escribir lo que sucedió y por qué me quedé callado. Resulta que días atrás en Volcán, Chiriquí, iba a ocupar un estacionamiento y al comenzar la maniobra tuve que frenar el auto. ¡Allí estaban tres chiquillos! Me detuve cerca y la madre no se preocupó por alejar los hijos de ese peligroso sitio. Pensé que si otro conductor entraba ahí rápido, podía atropellar a los menores. Abrí los labios para advertirle a la descuidada madre, pero se me congelaron las palabras…
Mi mente se fue por el “túnel del tiempo” a muchos años atrás. En segundos pasaron imágenes negativas de varias veces que he querido ser buen “samaritano” y no me fue bien. Hasta sufrí insultos y torcidas de bocas de personas que se molestaron porque les advertí de hasta peligro de muerte de sus parientes (¿?). El peor de todos ocurrió al final de una mañana en el estacionamiento de un supermercado en ciudad de Panamá. Noté que un niño de unos tres años ¡estaba solo dentro de un auto! Pocos días antes conocí que en EE.UU. un niño murió asfixiado en el auto de su madre, quien lo dejó allí mientras hacía unas compras. ¡Ahora yo estaba frente a una situación igual! Decidí quedarme cuidando para que no ocurriera esa tragedia. En un rato llegó la madre y le señalé que no debió dejar encerrado a su pequeño en el auto. Molesta me gritó: “¿Usted es el padre del niño?”. “¡Qué le importa lo que le pasa!”.
Otra vez una señora dejó la cartera en la carretilla del supermercado. Me quedé vigilándola mientras regresaba la dueña. Disgustada me dijo que ella seguía viendo la cartera aunque estaba de espaldas en un mostrador. En otras ocasiones he señalado a padres que no dejen sueltos a sus hijos pequeños en las aceras cerca de autos. A la mayoría no les agrada esta advertencia. Una vez cuando salía de una panadería un chico me pidió dinero. Le di el pan que compré para el desayuno. De inmediato un hombre molesto me dijo que lo estaba “ofendiendo” porque él cumplía con darle desayuno a su hijo. Que debí darle plata (¿?). No soy el único “samaritano” que ha sufrido decepciones cuando trataba de proteger y ayudar a otros. Les he contado por qué no advertí a la descuidada madre que sus hijos podían ser atropellados por estar en un estacionamiento… para justificar mi actitud. (¿Habré perdido ya la solidaridad con nuestros semejantes?)