El Vidajena

Por: Redacción -

Apolonia andaba por los cuarenta y tantos años y mantenía un cuerpo tan bien formado como el de Angelina Jolie, y una sonrisa tan linda como la tiene la artista colombiana Dana García. Los vecinos del patio limoso se preguntaban cómo diablos se las arreglaba Apolonia para hallarse en esas condiciones a su edad, con un cutis sin arrugas, un cuerpo curvilíneo sin celulitis, sin barriguita por lo cual le sobraban los pretendientes.

Esta guial era viuda, con dos hijas pequeñas, aún en la escuela primaria, pero ella no le paraba bolas a ningún de esos buaycitos del patio limoso que eran unos limpios y que tenían plata de vez en cuando, cuando se rebuscaban por ahí, estos mismos que malbarataban el chen chen en vicios y que viéndolo bien al lado de uno de estos buenos para nada, sólo podría beneficiarse de pobreza, hambre y todo tipo de privaciones.

Por este motivo Apolonia quería conseguirse a un man que manejara los billetes, que pudiesen darle una vida holgada, con algunas comodidades, no pedía riquezas porque no era tan optimista. Pero, quería seguridad económica, sobre todo para sus hijitas.

Esta bella mujercita, con mucho millaje recorrido en sus años mozos, supo escoger al man que pudiera resolverle sus más apremiantes necesidades. Como acostumbra ir a los bailes típicos los viernes, sábados y domingos, tuvo la suerte de conocer a Belarmino, un paciero de allá onde uno, un doñito cojo de sesenta años que se hallaba casi en las mismas condiciones que ella: era viudo y con buena posición económica porque estaba jubilado de la antigua Zona del Canal y del seguro panameño.

Belarmino se enamoró de ella y como vivía en unos cuartos de alquiler en la casa número 14 de San Francisco, no podía llevarse a Apolonia con sus dos come arroces, porque los viejos que explotaban a los que por falta de vivienda tenían que ir a vivir a esos cuchitriles, prohibían tener mujeres en los chantins miserables y menos con rapaces como los que tenía la guial. Por este motivo, Apolonia le dijo a Belarmino que se mudara para su cuarto del patio limoso.

Los chiquillos recibieron al padrastro con miradas hostiles, despreciativas y le hacían muecas para indicarle que no era bien recibido.

Apolonia abrumó al paciero con peticiones desde que el man llevó sus chécheres y convirtió la cama doble de la guial en el tálamo nupcial. Ella quería chen chen para comprarle ropa, zapatos, juguetes, uniformes escolares y como las niñitas iban para la secundaria, quería que estas no fueran en diablos rojos, sino que los hicieran en buses escolares, que ahora cuestan un ojo de la cara.

Durante los primeros días todo fue luna de miel, pero después esa luna se convirtió en

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