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El Vidajena

Por: Redacción -

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La pacierita Eudocina era una cholita de buen ver que había heredado de su abuela toda una colección de joyas de oro viejo, del tiempo de los españoles, las que usaba para ir al baile típico exponiéndose a que un malandrín la asaltara, pero Eudocina quería destacarse sobre sus paisanas de tierra adentro y por eso parecía una joyería andante.

La guial, al principio era empleada doméstica y estaba solterita y sin compromisos. Su patroncita, la encopetada doña Marisina, ofreció comprarle unos aretes que pesaban casi una libra y que se notaban que eran de oro puro, de una manufactura que ahora no se practica, sin duda que la joya procedía de la época colonial. Por nada del mundo Eudocina estaba dispuesta a desprenderse de su joyería y así se lo dijo a la patroncita. Marisina le pidió que aunque sea se las prestara para lucirlas en el exclusivo Club El Águila Imperial, donde la doñita se reunía a tomar el té con galletitas con las otras damitas de la alta sociedad y quería darles envidia.

Eudocina, que es una cholita de buen corazón, le prestaba las joyas a su ama que, a la verdad hacían que la doña se viera como una princesa de cuentos de hadas.

Cierta noche en que Eudocina estaba tirando pasos en el baile típico, conoció a cierto laopecillo que reside todavía en el patio limoso de la vieja casa de inquilinato. Se trataba nada menos que el famoso vividor de hijas de Eva, el tal Memín. El negrito bailó toda la noche con Eudocina y le dio muchos tragos del mejor licor del lugar, ya que pensaba que eso era una inversión porque la chica lo valía. Algún día él se haría de todas esas joyas y mientras tanto se aprovechaba de la belleza sensual de la cholita, que estaba como para un exquisito bocado: tierna, rosadita, sexy, ya que estaba en los 18 años.

La verdad es que Eudocina estaba cansada de agachar el lomo en un chantin que no era el suyo. Tenía que cuidar unos chiquillos que no eran de ella. Deseaba tener sus propios hijos, tener un quita frío, también parecido como el negrito Memín. Por eso, luego de vivir un romance volcánico durante un mes, aceptó mudarse con el sinvergüenza.

Eudocina causó sensación apenas se mudó para el patio limoso y todos felicitaron a Memín por conseguirse una guial tan hermosa, de cabellera negra, sedosa que le llegaba hasta la cintura y que hacía un espléndido contraste con su piel muy blanca y sus ojos grises que miraban en forma coqueta, pero cuando los manes querían propasase, Eudocina les metía su buena cachetada.

Eudocina tenía un cofrecito donde guardaba su joyería. Metía el mismo debajo de la gran cama matrimonial que Memín sacó a plazos donde el españolito. Ah, la que pagaba las mensualidades era Eudocina porque era muy ahorradora y tenía en el banco todo el chen chen que había ganado.

La guial pensaba que Memín era como todos los maridos, que salían de mañanita a agachar el lomo mientras que la curvilínea quedaba en el chantin preparando la mondongada para cuando el rey del hogar regresara cansado pudiera banquetearse con el mondongo calientito que la reina del hogar le tenía ya servido.

Pero, ¡qué va, buay! Memín desde que lo botaron del trabajo que tuvo, se dedicó al robo, al hurto, a la estafa y prueba de ello fue que en compañía de unos #

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