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El Vidajena

Por: Redacción -

La verdad es que a veces las apariencias engañan. También podemos decir que en la confianza está el peligro. Estos son dichos tomados de la sabiduría popular y que no han perdido actualidad desde el comienzo de los tiempos. En ocasiones vemos personas que aparentemente son dignos de lástima porque padecen de ciertos defectos físicos o mentales y nos dejamos llevar por ese espíritu de bondad que tenemos algunos seres humanos, aunque la mayoría de la humanidad es perversa. En esta caso vamos a ver por qué decimos lo anterior.

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El vétero Anacleto en sus tiempos de mozuelo fue un man alegre, que no se perdía uno de esos bailes de antaño que tanto atraían a nuestros abuelos y bisabuelos. Fue muy enamorador. Levantaba las hembras con gran facilidad. Por este motivo, su quita frío doña Olegaria sufrió mucho por la ida del joven galán.

Cuando Anacleto era un gavilán pollero se quebró las dos piernas cuando intentaba escapar por una ventana de un segundo piso, al ser sorprendido infraganti con una mujer casada. No se sabe cómo Anacleto pudo ponerse a salvo, pero el man quedó caminando con bastón toda la vida porque el doctor Esculapio, que entonces estaba recién graduado, no puso soldarle los huesos rotos y ahora, caminaba como los cangrejos provocando las risotadas de los demás cuando lo veían caminar con la lentitud de una tortuga por la central de Calidonia.

Al llegar a la vejez, su mal se agravó, y entonces, el viejo, solo, abandonado de sus hijos porque fue un mal padre, quedó pidiendo limosnas porque ahora tenía que arrastrarse para poder movilizare. Almas piadosas le hicieron un carrito de madera, con ruedas de patines para que pudiera desplazarse de un lugar a otro.

Almas caritativas del patio limoso, especialmente doña Caridad, le daba que si un día un platito de mondongo, al otro día, una sopita de pichón y así no lo dejaban morir de hambre. Al menos así pensaban los que creían que el vétero estaba en la miseria, que era un indigente.

Lo que no sabía doña Caridad que tanta lástima le tenía, era que el viejo tenía una doble vida. Que las apariencias engañan. Y es que Anacleto no se había curado precisamente, pero el doctor Esculapio que es un verdadero dios de la medicina, lo operó con la ayuda de unos aparatos ultramodernos, y le puso a caminar, pero el fulano encontró más productivo engañar a la gente y seguir fingiendo que estaba inválido.

Con el dinero que recogía por la central de parte de gente bondadosa, se vestía con sus mejores galas y se iba de farra. Sus bebedero preferidos eran las antiguas cantinas del mercado viejo, ese que estaba por el Terraplén.

Por allí abundan las cantinas cabarets y el man, siguiendo su engaño dejaba

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