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El Vidajena

Por: Redacción -

El pasierazo veterano, don Calandrino había dicho que no volvería a tener quitafrío de asiento y que cuando sintiera urgencias sexuales se conseguiría una sexo servidora, la llevaría a su chantin y bueno, esto era todo. Pero, el pasiero había olvidado que la mejor palabra es la que no se dice.

Una de las asiduas visitantes al chantin de don Calandrino era la curvilínea Zarina, un bomboncito de 19 años que no había querido estudiar y desertó de la escuela cuando iba para cuarto año y se esfumaron los esfuerzos de sus papacitos que querían que la guial fuera a la universidad para que se convirtiera en una famosa periodista y que apareciera en la televisión en el noticiero de la tarde, luciendo blusas bien escotadas para mantener cautiva a la audiencia de doñitos a pesar de que las doñitas beatas pegaran el grito al cielo.

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Pero las cosas ocurrieron diferente. Zarina no había nacido para quemarse las pestañas estudiando libros. Ella había llegado a este Valle de Lágrima a divertirse y a lucir ropas caras, lo mismo que esos zapatos con tacón delgadito que le aumentaba la estatura porque los pasieros no quieren mujercitas chaparras, a menos que sean unas auténticas beldades. Ya están pasando de moda eso de que perfume bueno viene en frasco chiquito, especialmente en cuanto a las chichis.

Zarina es una guialcita rakataca, buscapleitos y al darse cuenta que Calandrino tenía una abultada cuenta bancaria porque a su edad, los 80 años ya no chupa, ni fuma, ni juega, sería un maridito modelo a no ser por sus años cuando el cuerpo ya ha rendido todo lo que tenía que dar y pide a gritos que lo lleven al depósito de chatarra.

Pero, la guial quería achantarse en el cuarto de Calandrino para fingir que era su quitafrío, o sea lavarle la ropita, sus calzoncillos piratas, sus camisas, sus pantalones mugrosos y, sobre todo, viajar todas las mañanas al Mercadito de Calidonia a comprar el mondongo, que la chichi sabía preparar con una sazón muy especial para tener contento a su viejito.

¡Ah!, pero el viejo le había dicho que no quería compromiso, que a su edad quería disfrutar de una vejez tranquila y que solo necesitaba caricias femeninas una vez por semana, pero Zarina insistía en quedarse en el chantin y como su estadía producía momentos placenteros al vétero, no la apuraba a marcharse.

Un miercolito, Calandrino se ganó dos pedacitos de billete o sea cuatro mil dólares. Todos en el patio limoso se enteraron de la bonanza económica que gozaba Zarina y su viejo. ¡Ah!, pero otra persona también se enteró que Calandrino estaba en la buena. Se trataba nada menos de una de las exmujeres del doñito: una tal Meche, que por esos días vivía con un busero del diablo rojo en El Chorrillo.

Fue el busero el que le dijo a Meche que aprovechara la ocasión para salir de la vida de privaciones que llevaban porque el buaycito pronto quedaría sin chamba, porque en la ruta que servía, entrarían los metrobuses.

Meche estuvo de acuerdo en volver con Calandrino, pero había un obstáculo: Zarina. Había que echar a la guial del chantin para que Meche entrara en posesión de su antiguo puesto de quitafrío de asiento.

Tenemos que decir que Meche es temida en El Chorrillo porque es campeona de boxeo en el área, y hasta las más rakatacas le tienen miedo.

Ese día se puso unos

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