Chuzo…cuando el cuerpo no coopera, cobra intereses y tiene efectos especiales
Uno no se da cuenta de que está viejo hasta que levantarse del sofá suena como si estuvieran desarmando una bicicleta. Y ni hablar de la memoria, las rodillas y ese sueño que se fue quién sabe pa’ dónde.
Hay cosas que nadie te explica cuando eres joven. Te dicen que vas a madurar, que tendrás más experiencia, que aprenderás de la vida… Pero nadie te advierte que un día vas a estornudar y te va a doler hasta el apellido.
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Ahí es cuando uno dice:
“¡Chuzo! ¿Y cuándo fue que llegamos a esto?”
Antes uno brincaba. Ahora uno calcula
De joven uno veía una escalera y subía corriendo.
Ahora la mira y piensa:
“¿Y hay ascensor?”
No es flojera.
Es administración de recursos humanos y físicos.
Porque subir dos pisos ya requiere planificación estratégica.
Primero respiras. Después subes. A mitad de camino haces una pausa dizque para mirar el paisaje.
Y si alguien pregunta:
—¿Estás cansado?
—¡Qué va! Estoy esperando a la señora.
¿Cuál señora?
La que vive en tu cabeza y te está diciendo que no te hagas el loco.
Levantarse del sofá: segunda temporada de Misión Imposible
Antes uno se levantaba del sofá de un solo movimiento. Ahora hay que hacer todo un procedimiento.
Primero acomodas los pies. Después pones las manos.
Luego empujas.
Sale un:
“¡Ay, ay, ay!”
Y cuando finalmente estás de pie, te quedas quieto unos segundos.
¿Por qué?
Porque ya se te olvidó para qué te levantaste.
¡Se fue la misión!
La memoria también está en jubilación
La memoria es otra que empieza a trabajar por contrato. Uno entra a la cocina: —¿Qué venía a buscar?
Se queda mirando la nevera.
Abre la nevera. La cierra. Se va. Camina tres pasos. Y de repente: “¡El café!”. Regresa. Pero ya se le olvidó qué iba a hacer con el café.
Eso sí: hay cosas que la memoria nunca olvida. Una deuda de hace 25 años. Una pelea con la vecina. Quién te quedó debiendo plata. Y aquella vez que alguien te hizo una vaina.
Eso está archivado en 4K, con respaldo en la nube y copia de seguridad.
Dormir ocho horas… ¡qué lujo!
Cuando uno era joven podía dormir como tronco. Ahora cualquier vaina te despierta. Un mosquito. Un carro. Un perro.
Una puerta. El vecino. El viento.
Hasta un sueño raro te despierta.
Y cuando por fin estás profundamente dormido, aparece la vejiga:
“Buenas noches. Tenemos una emergencia.”
Te levantas.
Vas al baño.
Regresas.
Te acomodas.
Y cuando estás agarrando el sueño otra vez:
“Tenemos otra emergencia.”
¡Chuzo!
A este paso uno duerme por turnos.
El cuerpo ahora tiene efectos especiales
Antes uno caminaba y ya.
Ahora cada movimiento viene con sonido.
Te agachas:
¡Crac!
Te levantas:
¡Crac!
Giras:
¡Crac!
Estiras la pierna:
¡CRAAAAC!
Y uno mira alrededor pensando:
“¿Quién partió algo?”
Nadie.
Eras tú.
Comer es otra pelea
Antes:
—Vamos por un chicharrón.
—¡Dale!
Ahora:
—Vamos por un chicharrón.
—¿Y después qué hacemos?
—Nada.
—¿Y mañana?
—No sé.
—¿Y el colesterol?
Se acabó la fiesta.
Porque ahora uno mira una fritura como quien mira una relación tóxica: la quiere, pero sabe que le va a hacer daño.
Y si se la come, al rato aparece el reflujo diciendo:
“Buenas noches, campeón. Pensaste que te ibas a salir con la tuya”.
El aire acondicionado se convirtió en enemigo público
Antes uno pedía:
—Pon el aire en 18. Ahora entra a un lugar con aire acondicionado y pregunta: “¿Quién quiere congelarme?”
Uno carga una chaquetita en el carro. Otra en la oficina. Otra en la casa. Y si va al supermercado, sale con los dientes castañeteando. El súper parece una cámara frigorífica.
Y aparecen las famosas citas médicas
Llega un momento en que tu agenda parece la de un ministro.
“Martes, laboratorio.” “Miércoles, oftalmólogo.” “Jueves, dentista.” “Viernes, examen.” “Lunes, control.”
Y alguien te pregunta:
—¿Qué haces esta semana?
“Tengo una cita.”
¿Con quién?
“Con el doctor.”
Ya no sabes si estás viviendo o haciendo residencia en una clínica.
Los lentes tienen vida propia
Uno compra lentes. Los deja. Después compra otros. Los vuelve a dejar.
Y llega el momento en que tienes lentes en la cocina, en el baño, en el carro, en la sala y hasta encima de la cabeza.
Lo peor es cuando empiezas a buscar los lentes desesperado.
—“¡¿Dónde están mis lentes?!”
Alguien te mira.
Se ríe.
—“Los tienes puestos.”
¡No jodas!
El celular también se pone bravo
La tecnología avanza a toda velocidad. El problema es que las letras parecen hacerse más pequeñas. Uno abre WhatsApp. Amplía. Amplía otra vez. Se pone los lentes. Se quita los lentes. Busca más luz. Inclina el teléfono. Y termina preguntando:
“¿Qué dice aquí?”
El joven de al lado:
—Ahí está clarito.
Uno: “Clarito será para ti, pela'o.”
Y cuidado con decir “antes…”
Ese es uno de los síntomas más peligrosos. Porque un día comienzas:
“Antes la gente…”
Ya estás en problemas.
“Antes uno caminaba.”
“Antes la comida sabía mejor.”
“Antes los pelaos respetaban.”
“Antes los teléfonos servían para llamar.”
“Antes…”
Y ahí te das cuenta de algo:
Te convertiste en tus propios padres.
El verdadero golpe: el cuerpo no acepta órdenes
La cabeza todavía quiere. Uno dice: “Hoy voy a limpiar toda la casa.”
El cuerpo responde: “JAJAJAJA.”
“Voy a caminar cinco kilómetros.”
La rodilla:
“¿Tú estás loco?”
“Voy a bailar toda la noche.”
La espalda:
“Haz tu vaina solo.”
Porque la mente tiene 30 años.
El cuerpo, dependiendo del día, puede amanecer con 73, 86 o 104.
Pero tampoco todo es malo
Hay algo bonito de ponerse viejo.
Uno aprende a no darle importancia a tanta vaina.
Ya no quiere caerle bien a todo el mundo.
Ya sabe quién suma y quién resta.
Y cuando alguien viene con un drama innecesario, uno simplemente piensa:
“Mira, mi amor, yo ya estoy muy viejo para esa película.”
Porque sí, ponerse viejo trae dolores, olvidos, lentes, citas médicas y un montón de sonidos que antes no existían.
Pero también trae experiencia.
Y, sobre todo, una cosa que los jóvenes todavía no tienen: la capacidad de decir “me da igual” y seguir durmiendo tranquilo.
Eso sí…
Si te agachas y escuchas tres “crac”, no preguntes qué fue. Levántate despacito y sigue caminando.
Uno nunca sabe.

