Algo más sobre el arte popular
Hace unos años publicamos sobre el arte popular, los muros decorados en las cantinas, bares, muros de la calle
José Morales Vásquez | Investigador de arte
Hace unos años publicamos sobre el arte popular, los muros decorados en las cantinas, bares, muros de la calle y los decorados de los famosos “diablos rojos”.
Hoy, con la colaboración del profesor Peter A. Szok, publicaremos un artículo que él tituló “Las chivas y el lobo”
De acuerdo con los testimonios de los rotulistas más viejos, Luis Evans (El Lobo) fue una de las figuras más significativas del arte popular y urbano en Panamá. En los años 30 y 40, cuando la Segunda Guerra Mundial provocó la llegada de miles de soldados norteamericanos y la rápida expansión de la capital, este hijo de trabajadores haitianos promovió la decoración de las chivas, los camiones cubiertos con carrocerías, que en ese entonces aumentaban en número para responder al crecimiento de la ciudad y para servir como su forma de transporte público. Las chivas, cuyo nombre aparentemente se derivaba de los saltos de daban al recorrer sus rutas, cargaban bancas a ambos lados de sus cabinas con espacio para doce personas. Mientras adornaba estos precursores de los “diablos rojos”, “El Lobo” entretenía a los panameños con su talento, su garbo y sus travesuras.
“El Lobo”, quien se crió en el barrio de Calidonia, solía pararse en la Avenida Balboa, donde pintaba imágenes en el malecón y cantaba los tangos de Carlos Gardel, a quien admiraba por su nacimiento en Francia (sic) y por los lazos culturales que lo unían con él. “El Lobo” fue plurilingüe. Hablaba francés, inglés, español y criollo, y como su héroe y sus canciones, “El Lobo” y su arte fueron los productos de las tribulaciones de la clase obrera, de su genio frente las privaciones sociales.
Según sus hijastros, José Ángel y Gilberto Ruiloba, “El Lobo” fue un hombre amoroso, humilde y dedicado a su familia. Se esforzó siempre para superar la pobreza y para dar un ejemplo de disciplina a sus niños. Su imagen en la calle, sin embargo, fue distinta. El artista Teodoro de Jesús Villarué (Yoyo) recordó a Evans como un borracho que escandalizaba a sus vecinos con su conducta y que frecuentemente confundía su vaso de seco con un jarro de diluyente. “El Lobo” reaccionó con toses ruidosas para deleitar a sus espectadores. Para el joven “Yoyo” y otros seguidores, “El Lobo” fue un personaje que les hechizaba con sus sombreros elegantes, con su diente de oro, su bravura y chispa. Portaba sus pinceles detrás de las orejas y gritaba pregones para anunciar su venida. Los días que no iba al trabajo, se vestía completamente en blanco y caminaba por la Avenida Central con el aire de un gran estadista. Los domingos frecuentaba el hipódromo, y aunque no tenía dinero para apostar en las carreras, hacía bulla al pasar los jinetes como si hubiera arriesgado una fortuna. “El Lobo” fue un tipo de “showman”. Aparentaba muchas veces como no era, y si sería fácil descartar su teatro como algo superficial o sinsentido, esa conclusión ignoraría la lógica de su comportamiento y las huellas que “El Lobo” dejó en la República.
Los hábitos de “El Lobo” no fueron simplemente juegos o actos de excentricidad personal, sino que constituyeron una estrategia para dar publicidad a sus servicios, para seducir a sus clientes y romper jerarquías. Formaron parte de una tradición proletaria y afroamericana de utilizar las calles y las plazas para hacer sentir su presencia y afrontar, si solo por un momento, los prejuicios y severas brechas socioeconómicas. Como en el caso del Carnaval o en los desfiles religiosos, en que participaban los afrodescendientes y otros marginados por el racismo, “El Lobo” utilizó los ritmos y el drama para apropiarse de los héroes del momento y adquirir su capacidad de llamar la atención. La idea fue crear un tipo de espectáculo que pudiera dominar los espacios públicos, derrocar las barreras y envolver al pueblo.
Continúa.