Asamblea inoperante
La Asamblea Nacional ha recibido innumerables críticas a través de la historia política del país, las cuales van dirigidas hacia su sumisión política ante el jefe en turno del Poder Ejecutivo. Empero, desde hace varios años, la diatriba ciudadana contra los llamados “padres de la patria” se ha dirigido hacia su falta de productividad y vagancia, como órgano en cuyo seno se gestan y discuten proyectos que luego se convierten en leyes nacionales.
Lo cierto es que la actual Asamblea no escapa al estigma de vagancia suprema que históricamente se le ha endilgado.
Todavía la opinión pública recuerda como diputados de distintas bancadas e incluso la “independiente” propusieron proyectos de ley absurdos y ridículos, como la penalización de los piropos, operaciones gratuitas de banda gástrica, prohibir que se enarbolaran banderas de otros países, además de inusitados festivales y días, como el de la chancleta, la cutarra, el sancocho, el pan con queso y “subsidios” de toda clase.
Estos y otros proyectos presentados por los “padres de la patria” demuestran que sufren una seria distorsión de las prioridades nacionales en materia de creación de leyes, además de una clara dependencia del Órgano Ejecutivo, que es el que ha llevado la inmensa mayoría de las iniciativas legislativas que ha aprobado el Pleno.
La teoría política de la separación de los poderes en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, amén de su armónica colaboración como base de las instituciones democráticas, es letra muerta en Panamá, donde lastimosamente la Asamblea Legislativa se ha convertido en un apéndice del Órgano Ejecutivo.
El país necesita que la Asamblea juegue su papel de fiscalizador de las actuaciones del Órgano Ejecutivo y que no sea un sirviente de aquel, como actualmente lo es.
Los diputados son los representantes del pueblo, pero no actúan como tales, sino que siguen fielmente las directrices del presidente de turno, lo que desnaturaliza su función y origen popular.