Opinión

CARLOS VALENTI

Parte final de la transcripción del texto más completo que se haya escrito en honor al pintor Carlos Valenti recogido por su pariente Walda Valenti en (Aproximación a una Biografía).

Nacido en una cuna noble, era hombre de buen gusto y elegancia; acostumbrado a vivir regiamente, su mansión se hallaba situada en Los Arcos –nombre que aún se conserva en la zona de la ciudad, ya completamente urbanizada, hoy con el número 14; era tan grande que lindaba con la actual 20 Calle, de la zona 10; fraccionada después para lotificación y parte vendida hoy al Club Universitario.

Todo ese vasto terreno era de su propiedad, e ir a visitarlos constituía no solo una deferencia, sino disponer de todo un día, por la distancia y el difícil medio de transporte, salvo si el invitado llegaba en un carruaje de los de la Casa Schumann; o era recogido por uno de los “landos” de los anfitriones.

Algunas veces iban hacia allá a pie los muchachos pintores, y recuerda Mérida cómo los atendía la hermana de Carlos. Les servía excelentes salchichas alemanas, así como buena cerveza importada. Ellos aprovechaban llevar sus útiles para dibujo o pintura, y copiaban las muchas bellezas circundantes.

En las caballerizas relinchaban los caballos de raza importados de Perú y otros lugares, y a Valenti le servían de modelo; en las enormes pajareras, colocadas al centro de gramales extensos había pájaros de mil colores y formas; venados domesticados corrían majestuosos entre el encinar vecino (esto es parte ahora de la colonia “El Campo”); Valenti les tomaba de modelos; también flores, jarrones, estatuillas dispersas por los jardines.

Cuando declinaba el sol entraban en la residencia; ocasionalmente subían al segundo piso, donde se hallaba el salón de billar y practicaban un poco; otras veces descasaban en la sala de fumar. Agradable olor de fino tabaco impregnaba el ambiente y no sabían por qué decidirse: si esbeltos y fuertes cigarrillos ingleses de las mejores mezclas y brillantes boquillas, o por los habanos alineados en morenas cajas de leve madera, macizos por su calidad de oscura hoja bien madurada –que alhajados de anillos rojo-dorados pregonaban su linaje.

Los jóvenes tomaban uno a fin de aspirar su aroma, moviéndolo de un lado a otro, cerca del olfato, como vieran hacer al simpático D. Federico.

Se les ofrecían asimismo a la vista botes de tabaco picado, cuya mezcla con miel daba tan exquisito sabor al humo de la pipa; aunque al final, ninguna tentación de fumar conmovía a Valenti, pues en reciente visita había fumado dos o tres cigarrillos, que le ocasionaron cierto malestar pocas veces sufrido.

No solo fue un mareo profundo, sino un oscurecerse la vista, perdió el equilibrio, y se vio obligado a sentarse en la butaca más próxima, en la que pasó largos minutos aletargado, con fuerte taquicardia, antes de reponerse de tan desagradable efecto.

Como siempre, hacia las siete de la noche, al aviso del cochero, los dos muchachos se dirigían al carruaje dispuesto bajo el pórtico de la mansión para conducirlos de regreso a la ciudad en recorrido por el entonces Boulevard La Reforma, hoy Avenida, cubierto de frondas y decorado con estatuas de mármol de tipo clásico, que fueron desapareciendo, sin localizar su paradero.

Consultado el médico por doña Helena sobre la reacción al cigarrillo en el organismo de su hijo, volvió a insistir en “su diabetes” y en los estragos de la nicotina en la circulación (lo que hoy se llamaría alergia a la misma).

Al parecer, durante los tiernos años de la primera década del siglo se gestaba en él un gran anhelo de llegar a la cumbre. Era como un volcán pronto a estallar en explosiones internas, ya vibrante; ora irritado, luego expansivo en gradual engendro creativo. Unos tras otros salían los cuadros de sus manos con trazos decididos, estudiados, captados por ese maravilloso don de la percepción del artista. Vehemente en la continuidad de plasmar multiplicidad de paisajes y figuras como si fuesen pequeños escalones ascendentes hacia la perfección y el triunfo, porque huía de la mediocridad; no deseaba ser uno más, sino dejar una obra de proporciones universales en los altos cánones de la estética. Pero también sufría de angustias, depresiones y cierta misantropía apuntaba en su temperamento atormentado por esa constante inquietud de su espíritu y una salud precaria. Era entonces cuando sus trazos manuales se identificaban con monstruos, fenómenos, seres contrahechos o miserables; cuadros que hoy han dado campo a algún crítico de arte para comparar la obra esperpéntica de José Luis Cuevas con la de Valenti.

La mayoría de esos cuadros existen en la colección dejada por el doctor Manuel Morales. Por su delicada constitución, los médicos Sagrini y Morales, le habían atendido desde su infancia, pero el síntoma más desagradable en él era la disminución visual que le atormentaba y aparecía cuando menos lo esperaba.

Los galenos diagnosticaron diabetes, lo cual le deprimía mucho ocasionándole estados de inercia y de pesimismo. Le recetaban dietas y medicamentos inocuos a los cuales se sometió pacientemente, deseoso de curarse cuanto antes, pues deseaba marchar a París a continuar sus estudios de arte y lograr presentarse en la exposición de pintura que se realizaría allá en 1915. ¡Esa era la meta soñada!

Traer a la patria un galardón y darle renombre en Europa. Por desgracia, su dolencia cedía temporalmente, mas no le abandonaba de un todo; pese a ello continuó con sus prácticas pictóricas hasta principios del año 1912.

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