Domingo de Ramos
Jesús entra en Jerusalén. Pero podemos decir que entra en paciencia. Entra a padecer. No va a abrir la boca. Dicen, “como cordero llevado al matadero”. Calla.
Lucas 1-11 /
Jesús entra en Jerusalén. Pero podemos decir que entra en paciencia. Entra a padecer. No va a abrir la boca. Dicen, “como cordero llevado al matadero”. Calla. Mansedumbre total mientras el demonio manda a todos los suyos para cometer las atrocidades más grandes: la mentira, la calumnia, la injusticia de un juicio.
Es sacrificado a las ambiciones de un gobernador. Las burlas… le escupen en la cara… una noche torturado en un calabozo… los latigazos… la corona de espinas, y después… llevar el palo de la cruz. Y Jesús seguía en paciencia. Es nuestro Dios, el Señor de la Paciencia. Nuestro Dios que vino para hacerse paciente por mis pecados. ¡Jesús se involucró en la vida de cada uno de nosotros! ¡De cada uno con nombre y apellido!
¡Jesús sabe lo que me pasa a mí! ¡Jesús sabe lo que pasa en tu corazón! ¡Jesús pagó por mí! Y por cada uno de ustedes…
Jesús entró en paciencia. Y nosotros cómo nos impacientamos… con qué soberbia a veces pretendemos que se nos trate como justos cuando al justo se le trató como pecador. Les propongo que en esta Semana Santa miremos al Señor, a ese Señor de la paciencia, a ese Señor que me tuvo paciencia! Que me tiene paciencia!
Miren, no olvidemos que en la vida cristiana, cuando tenemos que andar un camino seguro, hay una sola mano: agárrate de la mano de la Madre. Ella lo acompañó en este camino del Calvario y se quedó al pie de la Cruz. Agárrate fuerte de la mano de María y pídele: “Madre, enséñanos a contemplar cómo tu Hijo entra en paciencia por mí”. Y ella, si se lo pedimos, nos dará esa gracia.