Don Bosco, la juventud y el amor
Para todos aquellos que pertenecemos de corazón y convicción a la congregación salesiana y, por consiguiente, son devotos del santo padre, al llegar estos días es obligante compartir con la comunidad las enseñanzas que desde aquel 31 de enero de 1988, en el Oratorio de Valdocco (Turín), nos dejó para la posteridad el “Santo de la Juventud”. Este título no es casual, sino que responde a la vida misma de Don Bosco, ya que a lo largo de su existencia y hasta el último momento se entregó a la causa de los jóvenes convencido de que allí estaba el futuro del mundo y de una profunda fe en CRISTO.
Don Bosco formó generaciones de Santos, ya que siempre recordaba a sus jóvenes el AMOR A DIOS, la realidad de la muerte, la necesidad de rezar, de evitar el pecado y sus situaciones y la necesidad espiritual de acercarse cotidianamente a los sacramentos. Con frecuencia solía decir: “...con la bondad y el amor trato de ganar para el Señor a estos mis amigos...”, refiriéndose a sus muchachos en el Oratorio. Esta combinación, bondad y amor, es infalible en la conquista de los corazones y las almas de la juventud para el trabajo misionero y de compromiso de fe. Así se ha demostrado a lo largo de estos 127 años de trabajo salesiano a nivel de todos los continentes.
En sus largas charlas y sesiones de catequesis y de convivencia con sus muchachos en el Oratorio por allá en 1842, en las tardes se le escuchaba decir: “Encontrarán escritores mucho más virtuosos y doctos que yo, pero difícilmente podrán encontrar a alguien que los ame más en Jesucristo y que más desee su verdadera felicidad”. Ya en su lecho de muerte junto a monseñor Cagliero y Don Rua en 1888, en referencia a sus muchachos, les dice: “ Digan a los jóvenes que los espero en el paraíso”… Así sea por siempre.