Guárdense de toda codicia
En Lucas 12, 15, Jesús nos dice: “Miren y guárdense de toda codicia porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes”. Alguna vez hemos escuchado dime con quién andas y te diré quién eres… ahora esta concepción ha cambiado un poco porque ahora se plantea: dime cuánto tienes y te diré quién eres.
En nuestra sociedad es frecuente condicionar la valía de la persona en función de los bienes materiales que posea. Esto lleva, lamentablemente, a un desenfreno por tener con el anhelo, muchas veces inconfesado, de ser reconocido. San Francisco de Sales lo describe muy gráficamente: “¡Moisés vio que el fuego sagrado quemaba una zarza y no la consumía; el fuego profano de la avaricia quema y devora al avariento, pero no le consume; al contrario, el avaro, en medio de los ardores y calores más excesivos, se gloria de sentir el fresco más agradable del mundo y cree que su sed insaciable es una sed enteramente natural y ligera”.
Nos podemos sumergir en el afán de poseer sin percatarnos y, lo que es peor, transmitir a otros esa misma sed. Por ello, pretender asociar prosperidad económica con relación a Dios es un terrible error muy difundido hoy en día. Se ha promovido la idea de que el éxito económico es igual a tener amistad con Dios.
No permitamos que el consumismo religioso y el afán de poseer nos devore. Siempre preguntémonos si lo que pienso que necesito es realmente necesario y si va a contribuir a mi santificación o a la de los demás. Si no es así, recordemos lo que Jesús nos advierte, que la abundancia de bienes no nos asegura ni la vida natural mucho menos la vida eterna.