Murió Espíritu Santo Córdoba Domínguez
¡Los santeños son como los gallegos!, así exclamaba mi dulce suegra Lucía. ¿Y por qué? Bueno porque ellos pueden caminar hasta la luna y allá piensan
Julio César Caicedo Mendieta
¡Los santeños son como los gallegos!, así exclamaba mi dulce suegra Lucía. ¿Y por qué? Bueno porque ellos pueden caminar hasta la luna y allá piensan que también es Galicia. Espíritu que entregó su alma al Creador en la mañana del 26 de noviembre de 2014, llegó de Los Santos a Villa Rosario en 1935 junto con sus ocho hermanos: Narciso, Rosa, Ruperto, José, Domiciano, Francisco, Tinita y Gerardo. De Llano Afuera de Las Tablas partió hacia Capira la familia entera, hasta con los aparejos completos de sus dos caballos: Pata de plomo y Maravilla. Don Gerardo Córdoba padre, cabeza de la progenie, fue atraído como varias familias interioranas y capitalinas por el proyecto comunal del estadista Harmodio Arias M., quien decidió fundar colonias de trabajadores integrando gente del campo y la ciudad en las montañas del indio Capireja, preocupado por la terminación de las obras de nuestro Canal, la gran depresión norteamericana y la primera huelga inquilinaria en Panamá.
Espíritu fue el más especial de sus paisanos. Ellos pusieron los primeros trapiches a los bordes de los ríos Perequeté, San José, Cacao, Caimito y Capira. Acá en la colonia la educación fue el ejemplo de trabajo, todo se impregnaba de molienda y a tortilla con carne asada desde el alba y por cualquier mandado urgente se visualizaba a Espíritu galopando a pelo cubriendo como un rayo el kilómetro que separa la colonia de la panadería Montecer. El legado de Espíritu se reduce al amor y a la humildad que le dispensaba a uno en todo momento. Su “colín” era un machete único que nunca amoló por respeto a su maña y fortaleza, y porque terminaba las faenas de primero.
Espíritu, para beneplácito de los que lo tratamos y escuchamos a nuestros padres contar sus cosas, nos duró bastante, pues todos dábamos como un hecho fatal que no soportaría la malaria que mató a siete de sus paisanos santeños del distrito aquella vez que se fueron de peones a la isla de las Perlas en la década de 1970. Espíritu fue el único sobreviviente y duró muchos años con la palidez que pinta el anófeles hasta que la superó, recuperando su color y vivacidad, solo porque Dios lo quería, aunque viejo, dispuesto, que aún en su lecho de muerte invitaba muy quedo a aparejar a los caballos muertos hace tiempo, porque había que moler caña, ¡Carajo!