Ñañequería y dictadura
Dos acontecimientos en las últimas horas denotan que Panamá se desliza desde una peligrosa pendiente hacia el autoritarismo, que es la antesala de la dictadura.
Por un lado, la privación de libertad de la dirigente y abogada Alma Cortés, quien es la presidenta encargada del partido Cambio Democrático (CD), única fuerza de oposición en el país que ha llevado una campaña sostenida de denuncias ante los desaciertos del actual gobierno.
Simple: a Alma la quiere guardar para acallar a Cambio Democrático (CD), única voz auténtica del pueblo.
Por otro lado, el irrespeto del presidente Juan Carlos Varela al calificar de “ñañecos” a quienes hacen señalamientos públicos través de las redes sociales contra la errática política gubernamental.
Los Gobiernos democráticos son, ante todo, regímenes de opinión pública, y como tales, les es necesaria la existencia de una oposición que sea el contrapeso de las acciones gubernamentales y represente a los sectores críticos de esa gestión.
En países donde existe una saludable libertad de expresión y una oposición fuerte y que hable sin temor, las cosas caminan bien y el propio Gobierno se beneficia, ya que le da credibilidad y legitimidad a su accionar político.
En Panamá no. Aquí tenemos un Ministerio Público perseguidor de opositores, una prensa amenazada con medidas de presión y un presidente ciego y sordo ante la crítica de la sociedad que repudia su accionar autoritario.
No en vano han tenido que ir los opositores ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en busca de protección ante las tropelías de Varela y no en vano ese organismo ha hecho advertencias al gobierno actual.
Ojo, panameños, con una policía militarizada ganando cada vez más poder, una procuradora complaciente y genuflexa, con un presidente intolerante, autoritario y cegado por el rencor, Panamá se está convirtiendo en una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento.