Víctor Bruce 1930-2016
Rescate del olvido #437
La cultura toma el relevo, Mario Puzo publica una de las mejores novelas del siglo XX: El Padrino (The Godfather), y el prenombrado José María Arguedas (1911-1969) publica su poema en idioma quechua: Qollana Vietnam llaqtaman (Al pueblo excelso de Vietnam). El premio Nobel de Literatura es para Samuel Beckett. El 5 de agosto más de 400 mil personas se congregan en el Festival de Woodstock, en el estado de Nueva York, en busca de "tres días de paz, amor y música". Entre los artistas participantes se encuentran: Ravi Shankar, Joan Báez, Carlos Santana, Janis Joplin, The Who, Jimmy Hendrix. Recrudecen las manifestaciones contra la sangrienta guerra de Viet Nam a lo largo y ancho de todo el territorio estadounidense, con saldos violentos.
En nuestro Panamá se dan dos sucesos trascendentes, el 29 de noviembre nace El Expreso de Puerto Caimito, el inmenso Mariano Rivera. El otro es de tinte político, el 16 de diciembre fracasa el intento de golpe militar contra Omar Torrijos, con la interdicción desde Chiriquí de Manuel Antonio Noriega. Y se consolida la dictadura castrense.
Era una noche de calor y brisas, como cualquiera de las otras de aquel marzo de 1969. Iniciaba el mes de los peces y tal como acostumbraba me acerqué al Restaurante Jardín Oriental, al de aquellos días, diagonal al Parque de Cervantes, serían entre las nueve y treinta y diez de la noche, allí estaba tras el mostrador mi dilecto amigo Simón Siu sonreído. Gelatina con helado y un pie de limón quedaron de inmediato delante de mí, que me había sentado en la barra de la refresquería. En ese entonces el Restaurante Jardín Oriental, propiedad de la familia de Simón, era un lugar amplio, con un nutrido número de mesas para los parroquianos, decorado con motivos que no negaban el origen tradicional de su nombre (había sido con anterioridad un espacio de bailes populares), contaba, además, con un mostrador, refresquería, donde habitualmente charlaba con Simón, fraterno cofrade, que por infortunio ya descansa entre sus honorables ancestros.
Había solo otro parroquiano en ese extenso mostrador, que saboreaba un gran plato de lo que supuse sopa de wantón, una de las especialidades más solicitadas de la casa. Simón le dijo al otro comensal: Este es Montilla, el pintor. El hombre levantó el rostro, me miró y sonriendo me extendió la mano y dijo: Víctor Bruce, pintor… Recuerdo que de inmediato, al estrechar su mano, pensé que, más que pintor, parecía escultor. Era un hombre negro, alto, fornido sin exageración, corporalmente bien constituido, se le veía fuerte, resaltaba en su faz una nívea sonrisa. Campechana y franca. Para el momento yo contaba con unos veinte años y Víctor aparentaba unos cuarenta y tantos o más. Me llamó la atención que realmente su edad no se reflejaba en él, sino en sus ojos. Aunque de movimientos y andar muy ágil, en sus ojos se trasuntaba un dejo de cierta tristeza o melancolía, que él trataba de paliar con su carácter alegre y su conversación amena. Era excelente conversador.
Esa noche concretamos una gran amistad, a primera instancia. Simón cerró las rejas que hacían de puertas a su hora acostumbrada y seguimos conversando, los tres, en el interior del local hasta bastante entrada la madrugada, cosa que se repetiría con mucha frecuencia en los días y meses subsiguientes. Ya tenía ciertas noticias de Víctor, de alguno de mis esporádicos viajes a la urbe citadina y por conversas con amigos artistas que destacaban su trabajo, su solidaridad con los colegas y, sobre todo, su habilidad para conectar con sus clientes. Ya eran clásicas sus grandes muestras de arte a lo largo del malecón que constituía toda la avenida Balboa.
Víctor había enrumbado hacia la tierra chiricana, un tanto agobiado por el intenso tráfago de la ciudad capital y otro tanto por sus deseos de ampliar nuevos horizontes para sus creaciones plásticas.