Viejas
No me gustó que el joven quisiera revisar mi tarjeta de crédito. Le dije que ese era un documento personal y que él tenía que aceptar que estaba vigente. Nos encontrábamos en una reunión de personas que habían sido invitadas para participar en unos fabulosos planes de vacaciones. Llegamos con la curiosidad de averiguar cómo supieron nuestro teléfono y por qué nos invitaron. Nos extrañaba la insistencia en que dijéramos si teníamos tarjetas de crédito y cuáles eran. En unas oficinas de un lugar céntrico de la ciudad varias parejas esperábamos curiosas.
Jóvenes motivadores explicaron que habíamos ganado una oferta para pasar vacaciones en el exterior con facilidades económicas. Hablando como si recitara un discurso, nos pintaron un panorama fabuloso y una oferta que no podíamos resistir. Nos extrañó como periodista tanta belleza. Cuando el joven quiso que le diéramos la tarjeta para conseguir un pago de seis mil balboas de la oferta de viaje, me negué. La razón era sencilla: mi tarjeta no cubría esa cantidad. Como pensábamos hacer un viaje a Chile, pedí que la empresa me arreglara los detalles del viaje. Dijo el joven que ese país no estaba incluido en la oferta. Ante mi insistencia consultó con unos jefes que le dijeron que no se podía. Entonces le señalamos "no hay negocio" y nos marchamos.
Esto sucedió hace unos ocho años. Y no fue el único intento de lograr que aceptáramos ofertas maravillosas de viajes. Por teléfono nos ofrecían viajes en cruceros, visitas a nuevos sitios turísticos en México, y en algunas islas del Caribe. Una empresa estuvo tres años llamando por teléfono diciendo que nos habíamos ganado un premio, algo que nos pareció raro porque no concursamos en ninguna rifa. Además, recordaba la frase de mi padre de hace más de cincuenta años: "hijo no se deje engañar, nadie da nada gratis en esta vida".
Al saber que hay centenares de denuncias por estafa de falsas empresas turísticas que vendían supuestos planes vacacionales, no nos explicamos cómo las autoridades de Comercio no tienen control sobre estos falsos ofrecimientos. Pensar que se ha estafado en más de un millón doscientos mil dólares demuestra dos cosas: la ingenuidad de muchos panameños y la ausencia de supervisión del Gobierno para controlar los falsos negocios. Hace más de treinta y cinco años también rechacé una buena oferta. Un bufete me daba veinte dólares al año por aparecer como miembro de la directiva de unas empresas fantasmas, que solo existían en el papel. No lo hice porque recordé que los valores que me enseñaron mis padres están por encima del dinero...