Vigencia de la Navidad
Mirando hacia atrás, hacia mi propia trayectoria, encuentro que la fe en un Dios providente y benévolo, redentor y custodio, vivamente interesado en mi felicidad y en
www.elnuevoherald.com
Mirando hacia atrás, hacia mi propia trayectoria, encuentro que la fe en un Dios providente y benévolo, redentor y custodio, vivamente interesado en mi felicidad y en mi destino —que alguna vez profesé con profunda pasión— ha ido desertando de mí, al extremo de que ya debe de estar al reducirse a cero. El comercio con la razón fue secando ese costado ingenuo y fervoroso de mi vida, imbuido tal vez por un genuino sentido de humildad: esto que soy, esta entidad corpórea que somos los seres humanos, cargados de humores al borde de la putrefacción, poseedores de una vida ridículamente breve, no puede ser del interés trascendente de ninguna deidad, menos aún de esa energía suprema que puso en movimiento el universo. Mi razón me certifica, a diario, que me espera la disolución y la nada, y ese pensamiento, que en mis años piadosos pudo haberme aterrado, ya ni me alarma ni me desconsuela: la vida es simplemente así.
Sin embargo, la incredulidad de mi razón no es inmune a la emoción religiosa de la Navidad, cuyo mensaje de júbilo y amor, envuelto en los mitos que nos son familiares, vuelve a entibiarnos el corazón por estos días. De nuevo resuenan los villancicos en el ambiente y se adornan viviendas y comercios —con mejor o peor gusto— y la gente se muestra más dichosa y fraterna y, llegado el momento, a la medianoche del día 24, en los templos leerán el hermoso relato del capítulo 2 del evangelio de San Lucas que empieza contándonos de un “edicto de parte de Augusto César”, del cual no existe ni el menor rastro en la Historia. ¡Y eso qué importa! ¿Por qué hay que exigirle autenticidad histórica a un mito? Pues la Navidad no es otra cosa que el mito fundacional de Occidente, el punto de irradiación de la cultura más pujante que ha conocido el mundo, el cual se nos presenta como una suerte de alegoría, no solo de origen, sino también de destino: el amor, la paz, la humana solidaridad a que aspiramos se resumen en ese pasaje evangélico que nunca dejaremos de oír sobrecogidos y arrobados.
No importa, pues, que historiadores, teólogos y eruditos bíblicos desmonten el mito y nos dejen, en su lugar, con supuestos mucho más ordinarios: el más importante nacimiento casi seguramente no ocurrió en Belén y, desde luego, tuvo lugar sin ángeles ni magos ni estrella ni Herodes (muerto ya para entonces) ni huida a Egipto ni otros ingredientes fabulosos.