Comunicador
Por muchos años a mis estudiantes de Sociología de la Comunicación para esta época les desarrollaba una clase muy especial. La titulaba "Jesús, Comunicador Social". A ellos se les advertía de que en ningún momento se trataba de ofender las ideas religiosas de los alumnos. Resaltaba que desde un punto de vista de la Comunicación Social, la vida de Jesús es digna de analizarse científicamente. A veces algunos jóvenes se incomodaban pues consideraban que la clase iría en contra de sus ideas religiosas. Señalaba que la Universidad de Panamá debe estar abierta a todas las ideas, sobre todo cuando tienen fundamentos técnicos.
Comenzaba por indicar que en esa época y lugares existía un alto nivel de analfabetismo que podía afectar a nueve de cada diez personas. Por lo tanto, la comunicación de Jesús con su pueblo tenía que ser hablada. La mayoría de ellos estaban acostumbrados a escuchar relatos porque así se transmitían mejor los acontecimientos y orientaciones políticas, comerciales y culturales. Por eso "Las Parábolas" eran comprendidas con facilidad por sus discípulos. Ellos a su vez se las contaban a otras personas con lo cual "se multiplicaba el mensaje de boca a boca". Este método que todavía se utiliza en ciertas comunidades de países de poco desarrollo, lograba que la gente supiera de la existencia de Jesús y sus ideas.
Prueba de lo anterior es la cantidad de personas que asistieron al Sermón de la Montaña, donde Jesús hizo uno de los más hermosos discursos. La mayoría de sus seguidores eran personas humildes. Los mercados en ese entonces y hasta la actualidad no solamente eran sitios de intercambio comercial, sino áreas en que la comunidad se relacionaba. En términos generales, esa clase era sorprendente y orientadora para los estudiantes. En lo personal, para mí la Semana Santa me recuerda a tres mujeres de mi familia: mi madre, la abuela y tía Elida. Mamá nos llevaba a la fuerza a caminar en la procesión. Abuelita Teresa lo único que me pedía era que la llevara al cine para ver películas religiosas. Mi tía Elida a mi hermano y a mí nos hacía recorrer las siete iglesias.
Hay que añadir las advertencias que nos hacían como chiquillos traviesos que éramos. No podíamos subir un árbol en Viernes Santo. Tampoco bañarnos en la playa o un río. Nada de juegos, griterías o risotadas, palabras sucias y peleas. Menos usar machetes y tijeras ese día. A ellas y a mis estudios les debo el respeto que tengo por todas las ideas religiosas.