Isaac Leonardo Benítez (1927-1968)
Continuación del artículo publicado en el suplemento Semana De Panamá/ Año 1/ del 21 de noviembre de 1968. Sección –ARTE. Titulado: Isaac Benítez ha
José Morales Vásquez| | Investigador de Arte
“Benítez quiere ser. Benítez pretende pintar tal como él siente. Necesita, claro está, la artesanía, el dominio del oficio. Pero es interesantísimo que piense de esta manera del arte. Ansia de que sus lienzos se llenen de alma; ansia de interpretación más allá de lo extremo.
Continuación del artículo publicado en el suplemento Semana De Panamá/ Año 1/ del 21 de noviembre de 1968. Sección –ARTE. Titulado: Isaac Benítez ha muerto.
Fueron los únicos estudios académicos que logró aplicar en sus trabajos. Quienes lo conocieron en esa época hablan de él como “un pintor completo”. Solo hay que observar los trabajos anteriores a su desgraciado viaje a Italia para comprobarlo.
En 1945, gracias a la gentileza de Belis Lea, distinguida dama amante de las artes, se le permite pintar en su estudio. Con paciencia y dedicación construye un gran mural en él mientras, para subsistir, pinta retratos. Rodrigo Miró fue uno de sus primeros clientes.
Dos años más tarde obtiene su primer y único premio de pintura. El premio “Humberto Ivaldi”, donado por Bonifacio Pereira y que ganó con un “Autorretrato”, a los que era aficionado. Siendo el más joven, logró imponerse a los ya consagrados, entre ellos al profesor Leoncio Ambulo, quien presentó “Miércoles de Ceniza”.
Eran estos los tiempos en que los artistas se reunían en el Café Taboga del parque de Santa Ana. En rueda común, Blas Rodríguez, Tomás Sosa, José MacPherson y otros que escapan a la memoria.
En los terrenos de Barraza, donde ahora está el Tutelar de Menores, un amigo les permitía ocupar una vieja casona. En ella, Benítez y otros viven y pintan. Gracias a la intervención de la esposa del, en ese entonces, embajador de Italia en Panamá, obtiene, junto con Sinclair, una beca para estudiar pintura en Florencia. Hojeando periódicos de la época, de 1950, encontramos el siguiente juicio crítico sobre Benítez. “Es inquietante Benítez; hay en él una pureza de intenciones, una devoción por su arte magnífica.
“Benítez quiere ser. Benítez pretende pintar tal como él siente. Necesita, claro está, la artesanía, el dominio del oficio. Pero es interesantísimo que piense de esta manera del arte. Ansia de que sus lienzos se llenen de alma; ansia de interpretación más allá de lo extremo.
“Lo que va a ofrecer Benítez el día de mañana nadie sabrá hoy predecirlo: ni él mismo explicará todo lo que lleva dentro”.
Efectivamente, nadie pudo predecirlo. A poco tiempo de estar en Italia, por causas desconocidas, pero a la que no están ajenas el prejuicio racial, lo exiguo de la beca, el hambre, Benítez sufrió trastornos síquicos de consideración que hicieron obligatorio su regreso. Y aquí es donde la gente, las “buenas gentes” comienzan a sonrojarse.
Benítez regresó a fines de 1951. Estuvo internado durante unos meses. Salió nuevamente a frecuentar sus antiguos círculos, sus antiguos compañeros y amigos, pero ya no era lo mismo. Él había cambiado. La gente había cambiado, es decir, se había sacado la careta. Benítez “está loco” y a los locos nadie les hace caso.
Entonces no hubo premios ni halagos para él. Ni galerías, ni instituto, ni sala que aceptara su presencia y su pintura. Todo fue un “hola y adiós”. Una taza de café de otro tan pobre como él. Una limosna “misericordiosa” que ofendía.
Durante 16 años, Benítez recorrió nuestras calles sin siquiera “un pedazo de pan en que sentarse”, adentrándose en sus huesos, con el alma vaciada en sus lienzos y los ojos llenos de un “porqué” infinito.
Los recuerdos se tornan vagos, las fechas se tragan calendarios y los que lo conocieron voltean la cabeza, bajan los ojos, se escogen de hombros. Algunos se sonrojan.
Nadie más volvió a acordarse de Benítez, hasta cuando leyeron la noticia de su muerte por periódicos. Y es entonces cuando dan ganas de vomitar. Los mismos que durante los últimos dieciséis años le negaron hasta el saludo comenzaron a lamentarse de su muerte a explicar que no sabían que estuviera enfermo, a suspirar por el destino y filosofar con la muerte, mientras que con memoria incierta y manos nerviosas desempolvaban cuadros y dibujos de Benítez que adquirieron en alguna oportunidad a cambio de un arroz con porotos en un “parado” o que bien nunca terminaron de cancelar.
Nota: El maestro Alfredo Sinclair tuvo su primer contacto con la pintura en el taller del pintor Humberto Ivaldi. Estudió pintura en la Escuela Superior de Bellas Artes en Buenos Aires, Argentina, entre 1947 y 1951.